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domingo, 30 de septiembre de 2018

La Plaza de Toros de Puente Genil




CIEN AÑOS DE LA PLAZA DE TOROS DE PUENTE GENIL


Los primeros festejos taurinos de los que el tiempo nos deja noticia, se remontan a un lejano 1607 con motivo de la boda de la hija de los marqueses de Priego con el marqués de Comares. Por tal motivo se celebró una corrida de toros al uso tradicional de aquel tiempo, es decir, por la mañana y por la tarde. En 1623 volvieron a celebrarse por el nacimiento del hijo de la marquesa de Montalbán. Y de nuevo volvieron a correrse toros en 1627, 1770, 1790… y en 1729 por las fiestas de San Juan de Prado (recordemos que se trata de un santo franciscano, orden implantada en la Puente de Don Gonzalo, beatificado por el papa Benedicto XIII el 24 de mayo de 1728). Hay que hacer constar que se organizan muchísimas corridas no sólo para regocijo del pueblo, sino con fines piadosos o benéficos, algo que será habitual en La Puente a lo largo de los siglos. En 1724 y 1725 a petición del corrector Fr. Lope de Armenta se celebraron corridas para atender los gastos derivados de la construcción del claustro del convento de la Victoria.

Documentalmente se refuerza la constancia de la celebración de corridas de toros en Puente Genil a partir de la segunda mitad del siglo XVIII. Así lo certifica el Libro de Actas de la Cofradía de la Purísima, con motivo de la solicitud al Consejo de Castilla de la preceptiva licencia de celebración de festejos para recaudar fondos destinados a la construcción de la ermita de la calle Madre de Dios. Aunque desconocemos el lugar donde se celebraban aquellas corridas, es posible que tuviesen lugar en la Plaza de la Villa, hoy de Emilio Reina, donde se taparían con tablones las bocacalles, convirtiendo aquel espacio público en toda una plaza de toros.
En 1862 (ver nota 1) se constituyó una sociedad entre Bartolomé Fernández León, José Reyes Pineda, Manuel Baena Arjona, Antonio Baena Cosano, Manuel Morales Navarro, José Illanes Jimenez y Antonio Balaguer Linares para levantar una plaza en una parte del Molino del Marqués, donde llegó a torear el famoso Rafael Molina Sánchez Lagartijo una corrida de la ganadería de Murube. Fue ésta una plaza de toros dotada de anfiteatro y una poco frecuente configuración octogonal levantada cerca de los Llanos de la Piedad sobre un terreno propiedad de D. José del Pino y Albelda. Sin embargo, su escaso aforo impidió que se siguieran organizando festejos de calidad por no poderse cubrir siquiera los gastos derivados de su organización (ver nota 2). Por tal motivo, después de la famosa corrida de Murube sólo se montaron novilladas con las ganaderías de Barbero (Córdoba) y Linares (Cabra), siendo lidiadas por Francisco Rodríguez Caniqui, Boliche y otros. Esa plaza se vendió en 1867 o 1868 a José María Campos Fernández, que siguió organizando festejos taurinos hasta octubre de 1871, que fue derribada. En 1887 una sociedad compuesta por Antonio Cortés Flores, Julián Palos León, Fermín Rivas Baena, Manuel Carmona Molina y Bernardino Cabello Luque construyó una nueva plaza de madera en uno de los patios del ex convento de San Francisco, y en la que se dieron algunas novilladas por parte de aficionados de Málaga, Córdoba y Écija, que fue desmontada dos años después.
Ya en tiempos más recientes, a raíz de las fiestas que por primera vez se organizaron en Puente Genil en 1909, comienza a hablarse de la conveniencia de contar en la villa con una plaza de toros. En 1910 se organiza en los altos de la fonda de Rafael Rivas Pérez (calle Don Gonzalo con calle Alcaide) una reunión para comenzar a dar forma al proyecto en el que participaron entre otros el bodeguero Antonio Campos Sánchez y Francisco Jurado Cansino, quienes más tarde formarán parte del Consejo de Administración de la sociedad que construyó la definitiva plaza de toros. 
En 1913 nos consta ya la realización de dos proyectos de plazas, uno por parte de Rodrigo García Luque, destacado maestro de obras de Puente Genil (Biografía de Rodrigo García Luque) y a quien debemos algunos de los edificios más emblemáticos de la villa. Para su diseño estudió las plazas de toros de Granada, Antequera y Málaga, bosquejando un coso capaz de contener once mil personas sentadas que, ocupando el corredor superior de las gradas, podría elevarse hasta doce mil. Las gradas estaban diseñadas en dos planos, uno para ser ocupado como asiento por lo espectadores y otro, dos centímetros más bajo para los pies, a imitación de la plaza de Málaga. El coso tendría grada cubierta y un costo máximo de cien mil pesetas. 
Otro de los proyectos que se estudiaron fue el presentado por Clemente Caballero con una previsión de trece mil espectadores si se construía con palcos y un costo de ochenta y tres mil doscientas sesenta y seis pesetas y treinta y siete céntimos.  Este primer intento, sin embargo, para el cual Emilio Pérez Rivas realizó múltiples gestiones, por motivos que desconocemos no llegó a fructificar. No obstante, aquel deseo de que nuestro pueblo contase con un coso taurino había echado raíces y no pasaría mucho tiempo antes de que se acometiera un nuevo intento. 
Bajo el nombre “La Constancia”, en 1917 se constituye una sociedad para procurar la edificación de la plaza de toros de Puente Genil, en la que también participó como promotor, además de los señores anteriormente mencionados, el labrador José Marta. Se convocó entonces un concurso abierto para el diseño de la plaza, que debería contar con un presupuesto inferior a cien mil pesetas y una cabida para diez mil espectadores (ver nota 3). Solo uno de los proyectos presentados cumplía todos los requisitos que se exigían y contó con el aprobado del Arquitecto provincial. Se trata del presentado y redactado, desde los planos hasta la memoria económica, por Antonio Ortega Montilla. En sesión celebrada en el Teatro Circo a las cuatro de la tarde del 31 de enero de 1918, la junta de accionistas de la sociedad promotora presidida por Francisco Jurado Cansino y de la que Tomás González Caballos (calle Luna 30) era administrador gerente, aprobó el proyecto sin necesidad de voto, pues –como dicho queda– era el único que cumplía con las exigencias del pliego. Se encargaron las obras de edificación a los señores Francisco Gil Balaguer, Carlos García Santos, Antonio Gálvez y Manuel Gálvez.









Quizás uno de los motivos que explican la escasa vida útil que luego tendría esta plaza, fue la premura de tiempo con la que fue ejecutada. El 1 de febrero de 1918 comenzaban los trabajos de replanteo, en marzo se habían iniciado la construcción de los muros de contención y del recinto, el hoyado del relleno de los tendidos y el desmonte de la parte que habría de ser el redondel. Si bien se preveía que para julio o agosto el coso podría estar acabado, las lluvias primaverales ralentizaron el ritmo de las obras de construcción. En cualquier caso, a mitad de mayo la distribución de las dependencias ya estaba terminada, finalizados los muros del recinto y el concéntrico de contención y comenzado el muro de contención de la contrabarrera. A punto estuvo la plaza de ser escenario de una tragedia en forma de accidente laboral, pues mes de mayo de 1918 los hermanos Joaquín y José Villar Berral se ocupaban en las labores de socavar el redondel de la plaza para después, clavando unas barras de hierro a la profundidad conveniente, desprender grandes témpanos de tierra. Sin saber qué ocurrió exactamente, empleados como estaban en aquellas labores, sin clavar aun las barras, se desprendió una gran mole de tierra que sepultó a los dos hermanos. Cuando sus compañeros lograron rescatarlos, los daños más graves los presentaba José, con fractura de la tibia en la parte inferior cerca del tobillo del pie derecho.


El día de San Miguel, el 29 de septiembre de 1918, se inauguraba en Miragenil a los pies de la calle Nueva, la Plaza de Toros de Puente Genil. Se daba así respuesta a la demanda de una importante afición taurina, desbordante y apasionada, coincidente en el tiempo con el punto máximo de la legendaria rivalidad entre las dos grandes figuras del toreo de la época, Joselito y Belmonte. Dirigida la construcción por el tal Balaguer, Puente Genil siguió el desarrollo de las obras con la ilusión y la expectación propia de aquel comienzo de siglo, orgulloso de un coso con capacidad para miles de espectadores. En la inauguración actuó como alguacil Antonio Quintero Almeda el Pipi, llegando hasta nuestros días la anécdota de que Amado Feliú Rubíes llevó a la plaza un mono que tenía por mascota (ver nota 4) vestido de torero. Participaron en aquella histórica inauguración con una corrida mixta con dos toros y cuatro novillos de la ganadería de Fernando Villalón Daóiz, como matador Luis Guzmán Zapaterito y los novilleros Luis Muñoz Marchenero y Bernardo Muñoz Carnicerito (para un mayor desarrollo de esta noticia, ver nota 5).

Aún tratándose de una modesta plaza de pueblo, gracias al ferrocarril, a la luz eléctrica y su avanzada industrialización Puente Genil destacó por encima de otras localidades de la comarca, logrando la participación de grandes figuras del toreo. El 29 de julio de 1919 se celebra por Santiago una corrida con seis toros de la ganadería de los hijos de don Eduardo Mihura, en la que participaron como matadores Francisco Martín Vázquez, José Flores González Camará e Ignacio Sánchez Mejías, anunciándose con unos hermosos carteles impresos por Baldomero Giménez Luque y realizados en la imprenta litográfica de José Ortega, en Valencia.
Eran frecuenten los festejos aprovechando los días más señalados del santoral, como los de San Miguel, Santiago, la Piedad (el 8 de septiembre) e, incluso, por el Día de Todos los Santos, el 1 de noviembre, a modo de despedida de la temporada.




Plaza de Toros de Puente Genil
Los años de la Guerra Civil e inmediatamente posteriores son años en los que no se celebran corridas de toros, por lo que, acumulando a la falta de uso de las instalaciones, la baja calidad de la fábrica de la plaza, hace que ésta venga prácticamente a ruina. Y así habría seguido de no ser por el carácter romántico y generoso de dos hombres, Miguel Baena García y Modesto Delgado Madrigal. Ambos grandísimos aficionados a los toros y padres, el primero, de un rejoneador –Rafael Baena– y, el segundo, un torero –Paquito Delgado–. Miguel y Modesto acuerdan con el propietario de las instalaciones, don Luis Reina, la explotación de la plaza a cambo de invertir en ella lo que fuere necesario para volver a ponerla en marcha. Son tiempos en los que la afición taurina vuelve a levantarse, a mostrarse deseosa de disfrutar de los toros, resurgiendo una afición que había permanecido dormida tras la brutal Guerra Civil (1936-1939) y en estado de hibernación los años inmediatamente posteriores. 
Múltiples factores coadyuvan al despertar de esa afición, entre otros, sin duda, el fenómeno de José María Martorell o el auge de Manolete junto a la aparición de figuras locales, de las que hablaremos a continuación.





La Plaza de Toros de Puente Genil se reinauguraba el 16 de agosto de 1947 dando paso a



una nueva época dorada del toreo en la villa pontanesa. Aquí dejaron su impronta figuras como José María Martorell, Julio Pérez El Vito, Manolo Carmona, la dinastía Girón… los Bienvenida. 

Precisamente los hermanos Bienvenida, máximo exponente de las dinastías toreras, pasaron en dos ocasiones por nuestra plaza, gracias a las gestiones de don Manuel Moreno Reina, farmacéutico con oficina en la calle Aguilar. El cuñado de Manuel Moreno, Félix Almagro, casado con su hermana Eloísa y que llegó a Puente Genil antes de la Guerra, tenía mucha amistad con la dinastía Bienvenida. Así en 1947 torearon Pepe, Ángel Luis y Juan (que era novillero) y unos meses más tarde, el 27 de febrero de 1949, repitieron faena un domingo de Cuaresma los mismos hermanos acompaños también por Antonio Bienvenida (ver nota 6). Una época dorada que duró hasta 1954. Entonces el sacerdote don Celestino Martínez Morante (que había llegado a Puente Genil en septiembre de 1950), en apoyo de la ingente labor social que desarrolló en Puente Genil solicitó la cesión del uso de la plaza, que inmediatamente le concedieron, y que empleó para la organización de distintos espectáculos, todos  ellos con fines sociales.




El mal estado de la construcción y el ascenso del Puente Genil a la 2ª División Nacional de fútbol, decantaron los cambios de hábito de la afición pontanesa, lo que inevitablemente condenó a la plaza (nota 7) que fue derribada para la construcción de una industria aceitera (Cooperativa Olivarera La Pontanense).


También Puente Genil contó con su pequeño elenco de figuras locales. Ya en 1913 despuntaba en nuestra localidad Francisco Castilla (8), conocido como Pajarete. Este joven de menos de veinticinco años, aficionado a la caza, consumado jinete, que tenía como espejo en el que mirarse las imponentes figuras de Joselito (Gallo Chico) –que toreó en Puente Genil el 24 de junio de 1919 una corrida de Benjumea, junto a Limeño y Sánchez Mejías– y Machaco y que desde los diez años comenzó a hacer sus pinitos en el Matadero (¡!) y en los cortijos de los alrededores, debutó en la Plaza de Toros de La Rambla el 12 de agosto de 1913 auxiliado por Machaquito II y Manolete II, de Córdoba, en una faena con novillos en la que rayó a gran altura, recibiendo ovación y saliendo a hombros de los aficionaos. De él contaba Julio Montilla (9) con hermoso estilo y declarada admiración: “En Roma, quizás Pajarete hubiera sido gladiador, y puede que también hubiese restallado su látigo en las cuadrigas del Circo; en Atenas, habría concurrido al Gimnasio; sería boxeador en América o aviador en Francia. Pero Pajarete es de España, ésta dá toreros, y torero es él con los arrestos que prestan la juventud y la ilusión”. Participó en corridas por los alrededores de su pueblo natal, como la celebrada en Cabra el 8 de septiembre de 1914, en la que logró la oreja del novillo.
Por aquellos años también despuntó Francisco Herrera Herrerita, debutante en la Plaza de Toros de Córdoba en el festival infantil celebrado el 29 de mayo de 1914 con ovación, oreja y vuelta al ruedo.
Joseíto Ortega, hijo de Antonio Ortega Montilla, debutó como banderillero de la cuadrilla de Bejarano en la novillada celebrada en Granada el 18 de abril de 1914.

Destacar también, cómo no, a Paquito Delgado y al rejoneador Rafael Baena, a quienes nos hemos referido más arriba, y que brillaron entre las décadas de 1940 y 1950.



Prueba y testimonio de la gran afición que Puente Genil prodigó al toreo es la fundación de cuatro peñas o asociaciones relacionados con este mundo: la primera de ellas se constituyó en enero de 1921 (10) y componían su junta directiva José María López Quintero como presidente honorario; presidente efectivo, José Palos Castillo; vicepresidente, Salvador García Rivas; secretario, Manuel Roldán Ferón; vicesecretario, Pedro Calmaestra Gámiz; tesorero Francisco F. García Carrera; vocales, Francisco López García, Francisco Jurado Saldaña, Pedro Roldán Yerón y Juan Rivas Romero. El segundo de los círculos, es el Club Taurino, fundado en 1961 con sede en la calle Susana Benítez 22, que llegó a contar con casi un centenar de socios, y las Peñas Martorell, ubicada en la calle Don Gonzalo (nota 11), y Chicuelo II.





Notas:
  1. Antonio Aguilar y Cano en su El Libro de Puente Jenil (págs.. 491 y ss.) lo data en 1862, mientas que los Apuntes Históricos de la Villa de Puente Genil (pág. 256) de Agustín Pérez de Siles, escrita en colaboración con A. Aguilar y Cano lo hace en 1865. 
  2. Respecto al aforo de la plaza, discrepan también nuestros insignes historiadores. Mientras que Pérez de Siles habla de una capacidad de cuatro mil espectadores, un aforo muy respetable para la época y la calidad de aquel Puente Genil, Aguilar y Cano, sin concretar la cabida del coso, sí se refiere a que sus reducidas dimensiones imposibilitaron los festejos de calidad.
  3. Sin embargo el Tomo I (Los Toros, tratado técnico e histórico) de la obra cumbre de la tauromaquia de José Mª de Cossío (Espasa Calpe, Madrid 1960) fija en seis mil la cabida de la Plaza de Toros de Puente Genil.
  4. El mono tenía por nombre el de Saleri, en homenaje a Juan Sainz Martínez Saleri II (1891-1958).
  5. A pesar de que el cartel anunciador daba cuenta de la participación del novillero Carnicerito de Málaga, por motivos que desconocemos no llegó a participar en la inauguración, siendo sustituido por el novillero utrerano José Zarco Carrillo. Así lo certifica la crónica de El Día de 30-09-1918 en la que, además, nos informa de la corrida: “Zapaterito, que mató  los dos primeros toros, desgraciado. Marchenero, regular; Zarco, pésimo: pinchó al primero diez veces, y en el otro escuchó los tres avisos y sufrió un botellazo de un espectador”. Carnicerito sí toreó en Puente Genil junto a Ignacio Sánchez Mejías y Manuel Belmonte Belmontito, pero lo hizo el viernes 1 de noviembre de aquel mismo año en una novillada de Villalón en la que cortó una oreja y dio dos vueltas al ruedo. Manolito Tonelada en La Lidia (11-11-1918) decía al respecto de aquella novillada que “Carnicerito toreó superiormente de capa, bien con la muleta, colosal con estoque”.  En El Aviso de 6 de noviembre de 1918 leemos la crónica de Jindama de aquel mismo espectáculo: “Carnicerito estuvo como se esperaba: trabajador y temerario. El hombre se aprieta que es un contento. Tenía necesidad de demostrar a los sevillanos que es capaz de alternar con toreros y lo demostró en su primero tanto con el capote como con la muleta. Cuarenta y seis pases le conté en menos de siete minutos y en todos estuvo siempre en la cara del bicho sin descomponerlo, recetándole la única estocada de la noche, que le valió la oreja del bicho. Nada, que Carnicerito puede ir a donde vaya cualquiera y muy pronto lo hemos de ver alternando con matadores. No es torero fino ni elegante, si por elegancia y finura se entiende sostenerse en las puntas de los pies y levantar mucho los codos: eso no lo hace él; pero sabe pasarse los cuernos de los toros por el pecho rozando de una manera escalofriante. Es un torero de emoción, y con eso está dicho todo”.   
  6. Así lo recordaba, con profusión de simpáticas anécdotas, Ángel Luis Bienvenida en una entrevista
    Ángel Luis Bienvenida y Ángel Delgado
    realizada por Ángel Delgado, posiblemente la última que concediera en su vida, el 19 de enero de 2007 en su domicilio de la calle María de Molina nº 60, de Madrid (el legendario matador falleció poco después, el 3 de febrero). La entrevista fue publicada en el periódico Puente Genil Información el 17 de febrero de 2007 bajo el título Ángel Luis Bienvenida. Homenaje póstumo
  7. A pesar de que la plaza fue vendida en 1956, el derribo no se verificó hasta cuatro años después, en 1960 (Boletín informativo Municipal Anzur núms. 46 y 47, 13 agosto 1976: Estampa. La feria y la fiesta nacional, por Antonio Serrano).
  8. Lo hemos encontrado escrito de dos maneras, Castilla y Castillo.
  9. Publicado en El Aviso (que se subtitulaba Semanario independiente defensor de los intereses de Puente Genil) del 9 de agosto 1913. Se trata de Julio Giménez de Montilla e Ibarra, joven promesa de las letras pontanas y habitual colaborador del semanario, quien se suicidaría de un disparo en el cabeza el 19 de junio de 1914. El Aviso fue fundado en 1911 por Baldomero Giménez Luque, constituyéndose desde 1912 en un continuo defensor y agitador de la afición taurina pontanesa. A Don Baldo se deben las primeras reivindicaciones que hemos podido leer a favor de una plaza de toros para Puente Genil.
  10. La Voz 22-01-1921
  11. El Pontón, órgano de difusión de la asociación Amigos de Puente Genil fundado en 1986, núm. 311, octubre 2014.

lunes, 27 de agosto de 2018

Agustín Aguilar y Tejera, poeta



En el año 2010 La Corona de Jesús, cuartel de la Semana Santa de Puente Genil que procesiona las figuras bíblicas de Los Mitigadores (Simón Cirineo, Verónica y Magdalena) celebraba los veinticinco años de su fundación. Por ello y para conmemorar tal efeméride, diseñamos una serie de actos en los que alternamos lo lúdico con lo cultural: restauración del lienzo de la Virgen de las Angustias de las ermita del Dulce Nombre, un encuentro entre todas las Cofradías y Hermandades del Viernes Santo noche, presentación de cartel conmemorativo, participación en el Día de las Corporaciones abriendo las puertas de La Corona... y otros de carácter íntimo e interno. 

Preparando aquel aniversario, pedí consejo a Carlos Delgado Álvarez de Sotomayor (1967-2014) para que lo cultural, lo patrimonial relacionado con las costumbres y tradiciones de Puente Genil, despuntasen con mucho en aquella celebración sobre lo meramente festivo. Fruto de aquellas conversaciones fue la reedición en formato facsímil de la obra de Agustín Aguilar y Tejera "Saetas populares" (Compañía Ibero-Americana de Publicaciones, Madrid, 1929), que volvería a poner sobre el tapete de la poesía, de la cultura y el costumbrismo a un poeta de primer orden. La reedición de la obra consta de un prólogo en que explicaba el sentido de la reedición, una brevísima biografía de Agustín Aguilar, de la que Carlos fue el único responsable, y la obra propiamente dicha.
Carlos Delgado Álvarez de Sotomayor
Autor de la biografía

Al cumplirse el próximo año el quinto aniversario del fallecimiento de Carlos y habiendo constatado que no existe ni un solo estudio, ni una sola biografía de Aguilar y Tejera, he creído oportuno insertar en este blog las líneas introductorias a la obra y la personalidad del hijo del insigne historiador y primer cronista oficial de la villa de Puente Genil Antonio Aguilar y Cano. 

Téngase en cuenta que la finalidad de la biografía que insertamos era precisamente, servir de introducción a la obra de Aguilar y Tejera, y no constituir per se una extensa o definitiva biografía del poeta. De ahí su brevedad, pero también de ahí la necesidad de que sea conocida.





Aparecido en el semanario "El Aviso" dirigido por D. Baldomero Giménez Luque
4 de enero 1912

Antonio Aguilar y Cano
D. Antonio Aguilar y Cano era hijo de Puente Genil.  En sus años de juventud había hecho sus pinitos como político en la Corte, mas su carácter apacible, sus firmes principios y su amor por la vida reposada le hicieron volver a su pueblo natal a preparar las oposiciones de Registrador de la Propiedad.  Mientras, tuvo tiempo de fundar, con algunos amigos con inquietudes culturales, una sociedad para el estudio de la historia local.  Con brillantez –el número uno- sacó la oposición.  Esta circunstancia lo apartó de su tierra, mas siempre soñó con la vuelta, de forma que sacrificó puestos de relevancia por su afán de estar cerca de Puente Genil.  Tras pasar por el Registro de Campillos, recaló en Estepa, pueblo en el que nació el 9 de marzo de 1890, su hijo Agustín.  El peregrinar posterior por Marchena, Zaragoza, Priego y, finalmente, Granada, marcaron la personalidad de este hijo que supo sacar partido del buen ejemplo de su padre.

            Su actividad literaria es sumamente precoz.  A los dieciséis años publica su primer libro de poemas, titulado Azahares (1906) -1- que se edita en Estepa.  Al año siguiente verá la luz otro poemario, Crisantemos -2-, editado en Sevilla.  En 1908 Salterio -3-, también en Sevilla.  Comienza a enviar poemas a la revista Azul.  Revista Hispano -  Americana, fundada por el gaditano Eduardo de Ory.  En esta época reside en Zaragoza, ya que su padre era Registrador en esa ciudad.  Sus primeros libros apuntan un estilo cercano al Modernismo.  Se instala en Sevilla en 1911 y entra en contacto con la corriente de jóvenes poetas y escritores que colaboran en la revista Andalucía, adscrita al movimiento modernista.

            Ya instalado en la región andaluza definitivamente, publicará dos volúmenes en Puente Genil: Romancerillo del campo (1911) -4- y Romancerillo sentimental (1913) -5-, ambos editados por el recordado periodista local Baldomero Giménez Luque.  En la revista El Aviso colabora durante esta etapa asiduamente.  De hecho, los poemas que componen los dos libros se habían ido insertando en las páginas del semanario con anterioridad.  La relación con Puente Genil es intensa.  A sus poemas modernistas se irá añadiendo el gusto por lo folklórico.  Comienza a estudiar aspectos de la cultura y costumbres andaluzas.  Así, en 1914 gana los juegos florales organizados en Utrera con su Romance a la Virgen de Consolación -6-.  En el dieciséis publica el ensayo titulado La musa popular y la Virgen de Consolación y un estudio que será la semilla de la que nacerá la obra que sigue a esta reseña biográfica.  Se trata de Saetas recogidas de la tradición oral en Marchena.  En él Tejera recoge las letras de las saetas que se cantaban en esta localidad sevillana, en la que pasó algunos años de la infancia.  También en 1916 publica Cantos a María, colección de poemas a la Virgen.

            A finales de la segunda década del siglo XX se traslada a Madrid.  Aunque sigue componiendo poemas de estilo modernista –con rasgos de poetas como Juan Ramón Jiménez, en cuanto a temas y figuras literarias-, su actividad se encaminará también al campo del ensayo y la Filología.  Escribe los poemarios Al pie de la reja (1917) -7-, Epigrammata (1919) -8- y Doloras.  Poemas y humoradas, y la antología Curiosidades literarias: las poesías más extravagantes de la lengua castellana (1922).  También realizó una incursión en la narrativa con la obra Raíces de sangre -9-, novela de 1925.  Edita varios textos de autores clásicos, como Verdades de paño y otros escritos (de Pedro Antonio de Alarcón), Óptica del cortejo y Los eruditos a la violeta (de José Cadalso), etc.  También publica traducciones a los clásicos griegos, Los poetas griegos: antología -10- (1928).

En 1929 publica Saetas populares, el libro que nos ocupa, estudio incluido en una colección de la Compañía Ibero-Americana de Publicaciones, S.A.,  Curiosamente, el director de la colección era otro pontano, Rodolfo Gil Fernández, que en aquellos años ocupaba, además, el puesto de Director de la Escuela Central de Idiomas, en Madrid.  La idea de recoger todas las saetas conocidas nació, como ya hemos indicado más arriba, de una primera obra que catalogó las saetas de Marchena.  Durante su estancia en la citada localidad, cayó en sus manos un manuscrito en muy mal estado que contenía estas saetas.  Él amplió el repertorio y lo enriqueció con el estudio histórico.  Posteriormente, se propuso la labor de ampliarlo aún más, englobando el total de las que se cantan en España.  El resultado fue un libro compuesto por cuatro partes.  La primera es un prólogo en el que Aguilar y Tejera realiza un estudio bastante detallado de los orígenes de la saeta, haciendo alusión a fuentes de información, cancioneros populares, manuscritos antiguos, etc., de los que sacó las conclusiones que refleja en sus páginas.  A continuación ofrece 950 letras de saetas, ordenadas cronológicamente, es decir, por el momento de la Pasión que recoge cada una.  Después, se inserta un apartado de notas en el que se estudian las peculiaridades de cada una de las letras ofrecidas en el apartado anterior, de forma que el lector puede encontrar las variantes locales, las fuentes o autor (si es que lo tiene) de donde provienen, las tradiciones en las que están basadas, etc.  En la última parte se transcriben las partituras de saetas de Sevilla, saetas de Marchena (de la Soledad, Quinta, Sexta y de Jesús), Stábat Máter y Miserere de Marchena y, por último, las de las saetas tradicionales de Cabra.  

            Para llevar a cabo el trabajo recopilatorio contó con la colaboración de los eruditos y cronistas de las distintas localidades.  En Puente Genil fue Miguel Álvarez Aguilar (pariente suyo) editor, además, de  La Ilustración Pontanense.    
Posteriormente, el rastro de Tejera se pierde.  Hemos encontrado algunas reseñas en periódicos de la época de la Segunda República.  Su lectura nos da norte de sus ideales monárquicos.  Sabemos que residió en Madrid y que siguió publicando, que tuvo, creemos, dos hijos…

Su aportación a Puente Genil fue generosa.  En 1930 donó la extensísima biblioteca de su padre al ayuntamiento de la localidad.  Con los miles de volúmenes que la componían se creó la Biblioteca Aguilar y Cano, que se ubicó en la antigua ermita de la Caridad.  Nunca perdió las raíces paternas.


Que esta obra que hoy se reedita gracias al impulso de los hermanos de La Corona en su XXV aniversario sea un recuerdo de quiénes somos y de dónde venimos.




BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:

- Aguilar y Tejera, A., Saetas populares, Madrid, Compañía Ibero-Americana de Publicaciones, s/f
- Álvarez Aguilar, M.  La Ilustración Pontanense, Puente Genil, 1925.
- Correa Ramón, A., Poetas andaluces en la órbita del Modernismo.  Diccionario, Sevilla, Ed. Alfar, 2001.
- Giménez Luque, B., El Aviso, Puente Genil, Imp. La Estrella. 1911 a 1931
- Velasco Estepa, F., Antonio Aguilar y Cano.  Noticia biográfica, Madrid, Tip. de la Revista de Archivos y Museos, 1915.




[1] Aguilar y Tejera, A.  Azahares, Estepa (Sevilla), Imp. De Antonio Hermoso.  1906.
[2]                             .  Crisantemos, Sevilla, Tip. de Francisco de P. Díaz, 1907.
[3]                             .  Salterio.  Colección de versos amatorios.  Sevilla, Est. Tip. de Juan Ramos, 1908.
[4]                             .  Romancerillo del campo, Puente Genil, Imp. de Baldomero Giménez, 1911.
[5]                             .  Romancerillo sentimental, Puente Genil, Imp. de Baldomero Giménez, 1913.
[6] Aguilar y Tejera, A.  A la Virgen de Consolación.  Romance premiado en los Juegos Florales celebrados en la ciudad de Utrera (folleto), Sevilla, Imp. de Joaquín López, 1914.
[7] De ésta y otras obras, de las que no conocemos nada más que el año de publicación, no se detallan los datos bibliográficos.
[8] Aguilar y Tejera, A., Epigrammata, Madrid, Tip. de Regino Velasco, 1919.
[9]                            ., Raíces de sangre, Madrid, Nuestra Novela, 1925.
[10]                           ., Los poetas griegos, selección y traducción de, Madrid, Compañía Iberoamericana de Publicaciones, s.f.

martes, 1 de mayo de 2018

Leopoldo Lemoniez y Renaud, ingeniero francés

A través de distintas etapas, la Historia nos presenta un amplio elenco de hombres y mujeres que, sin ser de Puente Genil, lo cierto es que su aportación a nuestra configuración como pueblo fue tan decisiva, tan fundamental, que desde siempre los hemos considerado absolutamente nuestros.
Es el caso del ingeniero francés que da título a esta nueva entrada.


El pasado 30 de abril de 2018, en calidad de director de la revista cultural local El Pontón, tuve el privilegio de participar en la presentación de un nuevo vino de Bodegas Delgado. En ella, no sólo se contaron y cantaron las excelencia del riquísimo caldo "Lemonier", elaborado a partir de uva chadornnay, sino que conseguimos arrojar algo de luz sobre la figura de nuestro ingeniero. Unas notas, que quisiera compartir con todos los lectores de este blog.



Estación de ferrocarril de Puente Genil,
finales siglo XIX.
Como curiosidad, la salida de carruajes se conserva intacta.
Hablar de Leopoldo Lemoniez es volver la vista hacia el Puente Genil del progreso, el de las nuevas ideas y el emprendimiento que alumbraron la segunda mitad del XIX. Es hablar de un tiempo en el que, entre otros, tres factores determinantes coadyuvaron, sin duda, a una de las épocas de mayor esplendor económico, cultural e industrial de nuestra villa: la llegada del ferrocarril, la luz eléctrica y la existencia de una élite -valiente e imaginativa-, que por primera vez en la historia apostaba por proyectos empresariales e industriales, en detrimento de lo que hasta entonces había sido el primer factor de riqueza, la ostentación de la tierra.


Puente de Hierro con refuerzo de pilares.
Puente de Hierro en su configuración original.
Fuente: Biblioteca Nacional












Y es precisamente el ferrocarril (uno de esos tres factores que nos abrieron las puertas del mundo), el que nos trajo entre 1860 y 1865 a Leopoldo Lemoniez y Renaud. En ese período la Compañía del Ferrocarril de Córdoba a Málaga está construyendo la línea férrea y adjudica la construcción del puente de hierro a la empresa francesa Vitali Picard y Cía. Con ella y para dirigir las obras del puente llegará el joven Lemoniez, discípulo, por lo demás, de Gustav Eiffel.
El Pontón, febrero 2012. Vista del Puente de Hierro (alrededor de 1867)
Posiblemente la primera imagen que conocemos del Puente de Hierro fue objeto de portada en El Pontón en febrero de 2012, y corresponde a una acuarela que forma parte de una colección de un gabinete que no se visita de la reina Isabel II y firmada por Juan Velasco, restaurador del Museo del Prado. 

Ricardo Moreno Ortega
(Puente Genil lo recuerda desde 2017
con un paseo a su nombre)
y su esposa Rosario Melgar Padilla
Es este francés escurridizo y casi desconocido quien reclama la presencia en Puente Genil como Ayudante de Ingenieros de Ricardo Moreno Ortega, quien pudo llegar a la villa alrededor de 1864.  Aunque era de Alcalá la Real, su madre era de Pau, en Francia, por lo que Ricardo hablaba correctamente el francés, hecho éste que posibilitó su llegada de la mano de Lemoniez. 
De Moreno, otro de los nombres que con luz propia alumbra el último tercio de XIX, solo apuntaremos unas breves notas: su imprescindible concurso en la fabricación de la luz eléctrica en 1889, su colaboración en la construcción del Puente de Hierro, la ampliación de la ermita de Jesús Nazareno, reconstrucción de la Parroquia de la Purificación y el arreglo de la fachada de la iglesia de la Victoria, en Los Frailes. Y la llegada de Moreno Ortega a Puente Genil, recordémoslo otra vez, es mérito fundamental de aquel que lo reclamó, nuestro ingeniero Lemoniez. 

Firma Leopoldo Lemoniez
En aquellos años Lemoniez, que había españolizado su apellido convirtiendo su “r” natal en la “z” española (y dando así origen un apellido al modo de los Gómez, López o Jiménez), se asienta en Puente Genil por entre veinticinco o treinta años, creando un sello arquitectónico pontanés, que aun hoy identifica la excelencia de nuestro más importante patrimonio industrial.

Posiblemente la vista más antigua de Puente Genil, alrededor de 1866.
Véase con detenimiento el puente, sin el gran ojo del lado del paseo.
Hasta 1874 nuestro puente tenía una configuración similar a la actual, con dos arcos en la zona de Miragenil, pero con solo una pasarela de madera y en estado ruinoso, que iba desde la mitad del puente hasta la parte del paseo.
Estado primitivo del puente, antes de la reforma de Le
El Ayuntamiento contactó con Lemoniez para que presentase dos posibilidades de reforma del puente, contemplando su reconstrucción tanto en hierro como de mampostería. Así lo hizo presupuestando el de hierro en 26.750 pesetas y el de mampostería, sin entrar en detalles, lo calculaba alrededor de las 110.000 pesetas. A pesar de la diferencia de coste, el Ayuntamiento apostó por la reforma en mampostería, subastando las obras de construcción del arco del  lado del paseo, y adjudicándose a Lemoniez en 97.000 pesetas.



Las primeras piezas o dovelas se pusieron el 9 de septiembre, la última (la clave de piedra del lado que mira al agua) el 29 de octubre, quedando terminado el arco en diciembre de 1874, curiosamente el mismo año de fundación de Bodegas Delgado, que une así su nombre a nuestro símbolo más universal. 
Lemoniez fue asistido por el carpintero Juan de la Cruz y el picapedrero portugués Antonio de la Rives. Durante la ejecución de la obra el propio Ayuntamiento decide también la reparación de arco del puente que se apoya en el estribo de Miragenil y refuerzo y consolidación de los existentes para contrarrestar el empuje del nuevo arco. Obras estas últimas, que también ejecuta Lemoniez. Y dos años después, en 1876 se le adjudica el muro de contención del paseo y el paseo público, obras que fueron recepcionadas el 28 de abril de 1877 (antes de ayer se cumplieron ciento cuarenta y un años). 

A partir de entonces Lemoniez aparecerá ya en varias ocasiones designado como perito y contratista de obras municipales y en 1881 también se le adjudican las obras de reforma de la calle Ancha y calle de la Plaza. 
La imagen más antigua de la calle de La Plaza. Año 1889,
meses antes de la llegada de la luz eléctrica.


Desmonte de "La Luz", dirigido por Lemoniez.

Terraplén resultado del desmonte de "La Luz"




No obstante, no solo centra su actividad en Puente Genil, pues en diciembre de aquel mismo año dirigía en Espiel las obras de desmonte de la mina La Luz (imagen desmonte de La Luz) y su ampliación La Llama (imagen terraplén resultado del desmonte de La Luz). 

Firmas de los fundadores de "Reina y Carvajal"
Antes, en 1878 Lemoniez se había aliado con Rafael Reina Carvajal y su madre Dolores Carvajal Villalba y constituyen la sociedad “Reina y Lemoniez” para la construcción y explotación de la fábrica de harinas San Cristóbal, la que años después, tras su fusión con La Aurora en 1904, conoceremos como La Alianza.  
En la clave de cada arco se grabaron las iniciales
de sus fundadores
Aun hoy encontramos tres arcos en su explanada, en cada uno de los cuales grabaron las iniciales de cada uno de los fundadores. Una fábrica la de San Cristóbal que incorporará todos los adelantos de la época, la magnífica turbina Fontaine y que será un ejemplo de combinación del fin utilitarista y funcional que se le exige a una fábrica, pero diseñado y construido preciosamente al modo de las estaciones de ferrocarril francesas y a pesar de sus cinco plantas de altura, con un concepto grácil y liviano. 

La Aliaza.
Foto: Antonio Velasco Carvajal











Mezcla de colores y materiales, como el ladrillo y la piedra, para lo que contará con Sierra Gorda, rosetones, pilares de fundición de diferente diseño para cada una de sus plantas. Podríamos hablar horas sobre el edifico de La Alianza, pero a modo de imagen y simbolismo, quedémonos con una idea fundamental: 
El puente visto desde La Alianza
es que Lemoniez es parte esencial en los dos edificios más emblemáticos de nuestra villa, en el puente que da origen a su nacimiento y La Alianza, cuyo embrión, la aceña vieja y el molino sobre el que se levanta, es paralelo a la fundación de Puente Genil.

Introdujo en estas tierras el Eclecticismo, la teja plana o marsellesa, hasta entonces desconocida, asesoró a Rodrigo García Luque en las obras del Teatro Circo (Rodrigo García Luque, maestro de obras).
Edificio en la estación de ferrocarril (teja plana),
derribado por ADIF









Ermita anexa a la casa de Lemoniez o de los Reina
Estaba presidida por una imagen de la Virgen de los Desamparados
(hoy se venera en la ermita del Dulce Nombre)

Casa de Lemoniez o de los Reina
Foto: Antonio Velasco Carvajal
















Otro de sus edificios más emblemáticos es la llamada Casa de Lemoniez o de los Reina al final de la calle Ancha. Levantada sobre el antiguo caño (o arroyón de desagüe de la parte baja del pueblo) en unos terrenos adquiridos al Ayuntamiento en 1881, reproduce claramente  el modelo de La Alianza, destacando sin duda la apariencia de carácter fabril que parece tener. Nunca llegó a habitarla, adquiriéndola el matrimonio formado por Manuel Reina Iglesia (sobrino del poeta) y Soledad Vergara. Años después su hija Carmen Reina Vergara, en agradecimiento por haber salvado a su padre del estallido de una bomba) edificó la ermita anexa a la casa. 

La Casualidad
Al año siguiente, en 1882, se constituye y comienza, también de la mano de Lemoniez, la construcción de La Casualidad, la primera y más antigua fábrica en Puente Genil dedicada a la extracción del aceite de orujo. De todos es conocida la anécdota de que cierto día Lemoniez se lamentaba en el Casino de que un pueblo como Puente Genil no aprovechase el orujo, como se hacía en Francia, para extraer aceite. El ilustre Manuel Reina Montilla, además de poeta, destacado industrial, oyó aquella conversación interesándose en el acto y encabezando el proyecto que acabaría dando luz a La Casualidad. Por casualidad nació, fruto de aquella conversación, y ese es el nombre con el que se bautizó la fábrica.


A pesar de haber leído en algún sitio que tras su prolífica estancia en Puente Genil se trasladó a San Sebastián, lo cierto es que entre 1900 y 1909 lo encontramos como secretario del Consejo de Administración de la Eléctrica de la Vega de Armijo en el término de Montoro, sobre el Guadalquivir. Ese mismo año de 1909 lo descubrimos en Madrid formando parte junto a su hijo Alfredo (lo que nos lleva al convencimiento de que estaba plenamente asentado y establecido en aquella ciudad) del Consejo de Administración de la Azucarera de Madrid y ambos como socios del Casino de Madrid en 1917, donde establecen y comparten domicilio en la calle Goya nº 11. Es prácticamente seguro que tras Puente Genil, Madrid fue su siguiente y última parada, pues es allí donde fallece su esposa Matilde Tinoco Ruiz el 17 de septiembre de 1907. Es indudable que su experiencia como gestor, como primer gerente de la fábrica de harinas San Cristóbal, le allanó el camino para su posterior participación en diversos consejos de administración. Leopoldo Lemoniez Renaud falleció en Madrid el jueves 1 de noviembre de 1917, hace cinco meses se cumplieron cien años, siendo enterrado en el cementerio de san Isidro.
Aún en vida del Ingeniero, el Ayuntamiento de Puente Genil –representación de un pueblo siempre agradecido– en su sesión de 29 de agosto de 1894 acuerda nominar con el nombre de Lemoniez la antigua calle radillas, rindiendo “un justo homenaje de respeto y gratitud al señor Leopoldo Lemoniez, por cuya iniciativa se realizaron importantes  mejoras en este pueblo, se fomentó la industria y de desarrolló el espíritu de asociación“.

Braulio de la Portilla Sancho
De su hijo Alfredo podemos decir poco más que era abogado, que el 31 de marzo de 1902 se casó en Madrid con Teresa de la Portilla (hija del general Leoncio de La Portilla Cobián y Patrocinio Sancho Varela) y que un hermano de su mujer, su cuñado Braulio, fue primer teniente de Infantería del Batallón de Cazadores de Llerena, muerto el 27 de julio de 1909 en la campaña de Melilla, en el Barranco del Lobo, siendo condecorado con la Cruz Laureada de San Fernando, no lo olvidemos, la más preciada condecoración militar del Reino de España.

Leopoldo Lemoniez, en el centro, con su hijo Alfredo,
su nuera Teresa y uno de sus nietos
Lemoniez con sus nietos y nuera














Anotamos una última curiosidad familiar: Alfredo y Mª Teresa tuvieron al menos tres hijos, Guillermo, Fernando y Alberto, falleciendo este último con solo once años el 3 de enero de 1916. Sus padres encargaron entonces a Julio Antonio, uno de los escultores de más proyección de la época, un mausoleo en su memoria. Sería ésta la última obra del artista, que murió tuberculoso al poco de acabarla en 1919. 

Los reyes visitando, con Julio Antonio, el mausoleo
La figura de la madre es de bronce y la del hijo de mármol blanco y fue expuesta en el Palacio de Bibliotecas y Museos del parque de Recoletos, sede de la Sociedad Española de los Amigos del Arte, en Madrid, y despertó tal expectación que hasta los Reyes (hablamos de Alfonso XIII) fueron a visitarla. La obra nunca llegó a instalarse en la tumba del joven, y en 1940 la familia Lemonier la depositó en el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Madrid, de donde pasó al Museo San Telmo de San Sebastián, adquiriéndola la Diputación de Tarragona. Hoy se encuentra en el Museo de Arte Moderno de Tarragona.

Vista del puente
Autor: José Andrés Rivas Bachot
Bodegas Delgado, Puente Genil

He querido en esta brevísima semblanza del ingeniero francés, sobrepasar la figura de Leopoldo, arrastrar la historia un poco más allá como forma de indicar que la vida sigue, que los logros y esfuerzos tanto colectivos como individuales, no son estáticos sino que influyen tanto en los contemporáneos, como en las generaciones siguientes. Puente Genil es una realidad conformada a partir de las aportaciones de hombres y mujeres de aquí y de fuera. Los de aquí porque dejaban en casa lo mejor de sus vidas, los de fuera, porque siempre se sintieron aquí como en casa. Nuestra obligación debe ser recordarlos a todos, agradecerles sus esfuerzos, su ilusión, sus éxitos y superaciones y mostrarlos como un ejemplo de generosidad, inventiva e imaginación. 


Etiqueta vino "Lemonier", de Bodegas Delgado
Gracias a la aportación de Bodegas Delgado, hoy se salda esa deuda -al menos con uno de aquellos grandes hombres- y al mismo tiempo, creo, nos marca y señala un camino correcto y al mismo tiempo hermoso.