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domingo, 30 de agosto de 2015

Francisco Gil Melgar, canónigo doctoral

El pasado 29 de septiembre de 2015 se conmemoraban los 375 años del fallecimiento de uno de los más ilustres pontanos que dio la Historia, Francisco Gil de Melgar.

Hijo del regidor Gonzalo Gil -familiar del Santo Oficio- y de Luisa Melgar, nació en La Puente de Don Gonzalo, hoy Puente Genil, en un ya lejano año de 1570. Sabemos de su existencia, de su obra y gran parte de su biografía, gracias a la labor investigadora de Agustín Pérez de Siles y Prado y, fundamentalmente, Antonio Aguilar y Cano. Ambos de manera conjunta recogen muy sucintamente en los Apuntes históricos de la villa de Puente Genil (1874) los datos fundamentales de su biografía, ampliados ya en solitario y en una labor investigadora encomiable por parte de Aguilar y Cano en El libro de Puente Jenil (1894).

Portada lateral de la Iglesia de la Asunción
Convento Franciscano.
Foto Antonio Velasco Carvajal, Suai.


Estudió en el imperial Colegio de Granada, del que fue colegial mayor, y opositó a la dignidad de Doctoral de la Santa Iglesia Catedral de Sevilla. Poseía una exquisita formación en Derecho y Teología, siendo uno de los actores más desatacados del Iglesia sevillana del siglo XVII.
Como es sabido, la relevancia de Gil de Melgar para Puente Genil radica en la fundación del Convento de los frailes menores (vulgo franciscanos) al que se adscribió la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, sito en la calle Aguilar, hoy Compás del Coro. En su testamento dejó consignadas las oportunas medidas para la fundación de un Convento franciscano en la Puente, en la ermita de la Veracruz y a expensas de su patrimonio, estableciendo para su ejecución un plazo de cuatro años. De esta forma, el Convento anexo a la ermita de la Veracruz se ocupó efectivamente en el año 1644. No obstante, solo unos pocos años después, en 1649 y debido a problemas de espacio e incomodidad para la vida conventual, los franciscanos gestionan y obtienen licencia para la construcción del definitivo convento en el lugar llamado la Cruz de Berral. Comienzan las obras del nuevo convento en 1649 y toman definitiva posesión del mismo en 1664, quedando aun pendiente la iglesia, finalmente terminada en 1705, aunque cerrada al culto hasta su perfeccionamiento y ornamentación en 1759.
En el templo, en el brazo derecho del crucero, en el lado de la Epístola, se ubica sobre la puerta de entrada a las dependencias conventuales y que conecta con las escaleras de acceso al coro, un cuadro de grandes dimensiones que representa a una Inmaculada. Es un lienzo de la escuela sevillana manierista del siglo XVII, que fue propiedad de Gil de Melgar y suponemos donado al Convento para ocupar el altar mayor de la Iglesia. Posiblemente llegase a presidir el templo durante las obras de construcción, pero en algún momento fue desplazado por la Virgen de la Asunción, o de los Ángeles, atribuida durante décadas a Luisa Roldán, La Roldana, y hoy situada con mayor acierto en la órbita del genovés Antón María Maragliano.

Inmaculada Concepción, que fue propiedad de Gil de Melgar.
Óleo sobre lienzo, mide 2,40 m. x 2,10 m., escuela sevillana, primera mitad siglo XVII.
Foto: Javier Navarro Marín.

La generosidad de Gil de Melgar para con su pueblo llegó al extremo de donar al Convento su maravillosa biblioteca sobre temas de Teología y Derecho, por cuyo depósito porfió la iglesia sevillana, y que hoy sería orgullo de sus paisanos. No obstante, resultó destruida tras la devastadora Desamortización de Mendizábal (1835-1836), llegando hasta nuestros días la desoladora anécdota de que fue utilizada (como tantos y tantos documentos, legajos y manuscritos) para envolver pescado y especias en los mercados de la villa.

Retrato de Francisco de Quevedo y Villegas.
Atribuido a Juan van der Hamen o a Diego Velázquez.
Pero la personalidad del canónigo va mucho más allá: la proyección de su figura se eleva por encima de la fundación del Convento franciscano. Durante su larga vida consagrada al servicio de Dios y de la Iglesia se pronunció abiertamente en nombre de la iglesia sevillana, de la que se constituye junto con Francisco de Quevedo y Villegas en la más renombrada y reputada voz en la polémica sobre el compatronato de España por parte de Teresa de Jesús. Sabido es que en 1617 las Cortes Españolas proclamaron, y el rey Felipe III sancionó, a Teresa de Jesús compatrona de España con Santiago. Tal disposición es rápidamente trasladada a los pueblos y ciudades de España, ordenando su acatamiento y la celebración de fiestas cada 5 de octubre, fecha del fallecimiento de la beata. Inmediatamente los partidarios del patronato único se movilizan y comienzan los memoriales a favor de la causa santiaguista y en contra del compatronato. Los partidarios del patronato único de Santiago esgrimen la ilegitimidad del nombramiento de Teresa de Ávila como compatrona, destacando su condición de beata y no de santa, frente a la elección divina del apóstol Santiago como Patrón de España. Las presiones a favor del patronato único son tantas (especialmente las que provienen de los arzobispos de Sevilla y Santiago de Compostela), que logran que Felipe III mande suspender el 12 de noviembre de 1618 las gestiones relativas al compatronato. No obstante, pocos años después resurge con fuerza la polémica, debido fundamentalmente tres nuevas variables: la canonización de Teresa de Jesús el 12 de marzo de 1622, el ascenso al trono de Felipe IV y al nuevo valimiento del Conde Duque de Olivares, ambos devotos declarados de la santa abulense. Esta vez es Felipe IV y no los carmelitas, quien en febrero de 1626 lo solicita a las Cortes, comenzando entonces los trámites para su aprobación por parte del papa Urbano VIII, quien el 21 de julio de 1627 promulga un breve ordenando el acatamiento de la ratificación de las Cortes de Castilla. Fue tanto el revuelo provocado por aquella disposición que, a raíz de la contestación y polémica suscitada por dicha medida, Quevedo escribió la sentencia siguiente: “Se ha revuelto España toda”.
Teresa de Jesús.
José de Ribera 1640-1645.
Pues bien, en aquella controversia y polémica, las dos grandes voces que se alzan desde la Iglesia de Sevilla (que junto con Santiago y Granada despunta en erudición, templanza y compromiso) son las del insigne Francisco de Quevedo y el no menos insigne, aunque desde luego menos reconocido por la Historia, Francisco Gil de Melgar. Por su compromiso y despunte en conocimientos y argumentación en contra del dicho compatronato recibieron ambos multitud de insultos y no pocas difamaciones y contestaciones. De hecho, el controvertido Francisco Morovelli de Puebla publicó en Málaga en 1628 el raro libro Don Francisco Morovelli de Puebla defiende el Patronato de Santa Teresa de Jesús, patrona ilustrísima de España, y responde a don Francisco de Quevedo Villegas, caballero del hábito de Santiago; a don Francisco de Melgar, canónigo de la doctoral de Sevilla, y a otros que han escrito contra él. En el mismo, Morovelli –casi sin pretenderlo– hace reconocimiento público de la valía del doctoral pontanés al afirmar, queriendo hacer chanza de los argumentos esgrimidos por Quevedo, que cualquiera de los partidarios del patronato exclusivo de Santiago (se refiere, por supuesto a Gil de Melgar, pero también a Martín de Anaya o Tamayo Vargas) mostró más destreza y conocimientos que Quevedo en su defensa. La polémica e intereses imbricados en dicho proceso debieron ser descomunales. Como muestra, baste recordar que el pronunciamiento de Quevedo en contra del compatronato por parte de Santa Teresa de Jesús le costó en 1628 un nuevo destierro de la mano del Conde Duque de Olivares, esta vez al convento de San Marcos en León.

Vista de Sevilla, una Sevilla en la que vivió Gil de Melgar.
Lienzo anónimo siglo XVII que se conserva en la Fundación Focus.

Fruto del pronunciamiento de Gil de Melgar conservamos impresas dos obras de nuestro paisano: Discurso y proposición sobre si debe ser admitida por Patrona General de España juntamente con la B. Santa Teresa de Jesús (Sevilla, imprenta de Francisco de Lyga, 1628), en el que se informa por la Iglesia de Sevilla al Papa Urbano VIII y a S. M. el Rey. A partir del dicho informe, Gil de Melgar publica, y lo hace como obra doctrinal, el siguiente libro: Por el único Patronato de España del apóstol Santiago.

La erudición de Gil de Melgar debió alcanzar niveles de excelencia, toda vez que juega un destacadísimo papel en el expediente de Canonización del Rey Fernando III, en el que fue designado como Juez por el Arzobispo de Sevilla en lo que hoy sería la comisión encargada de instruir el dicho expediente de Canonización. Así nos lo cuenta Diego Ortiz de Zúñiga (1636-1680), historiador de renombre, en su Annales Eclesiásticos y Seculares de la muy Noble y muy Leal Ciudad de Sevilla, Metrópoli de Andalucía, libro XVII (año 1627) donde menciona el hecho tomándolo de la Biblioteca de los Escritores Españoles de Don Nicolás Antonio, recogiendo en referencia a nuestro paisano lo siguiente:
se le debe particular elogio, por haber sido juez para la primera información, para procurar la Canonización de San Fernando y por la gloriosa defensa del único Patronato de Santiago”
A propósito de Gil de Melgar, afirma el tal nombrado Nicolás Antonio:
D. Franciscus de Melgar, bethicus ex municipio la Puente de Don Gonzalo, cordubensis diócesis, almae Eccle. Hisp. canonicus et iuris canonici doctor scripsit. Por el único Patronato de España del Apóstol Santiago, en 4º (no es sino en folio)”.


La ecuanimidad, el sentido de la justicia y la equidad de Francisco Gil vuelven a manifestarse a través de una obra inédita del abad Gordillo, redactada en 1635 y recogida en el Boletín de la Real Academia de la Historia, tomo CXCIII, número II, año 1996, pág. 289. En el mismo, el abad Gordillo narra con una precisión casi forense la causa judicial contra fray Pedro Pabón, en la que se instruye el doble asesinato del prior y un monje lego de la Cartuja de Sevilla a manos de otro monje del mismo monasterio, el tal fray Pedro Pabón, el 19 de diciembre de 1630. Y recoge, una vez más, la participación de Gil de Melgar en la instrucción de la causa contra el asesino confeso de los dos cartujos.

Son continuas las referencias al canónigo en libros y legajos de la época, como ocurre de nuevo en la obra Teatro eclesiástico de las Iglesias Metropolitanas y Catedrales de los Reynos de las dos Castillas, tomo 2º, (Madrid, imprenta de Pedro de Horna y Villanueva, año 1647, pág. 45), donde Gil González Dávila testimonia entre los escritores y catedráticos de la Iglesia sevillana:
Don Francisco de Melgar, Canónigo Doctoral, escribió un tratado por el patronato de Santiago en España, y otro de las primicias, que pertenecen a los Curas del Arzobispado de Sevilla. Fundó un Convento de Religiosos Descalzos de S. Francisco en la Puente de Don Gonzalo, su Patria, y dejó por herederos de su hacienda los niños expósitos de Sevilla”

Este último y jugoso texto nos muestra una serie de datos importantes que conforman la vida y personalidad de Gil de Melgar. Por un lado, su formación y dignidad (Canónigo Doctoral), la influencia que debió ejercer en la defensa del patronato único de España de Santiago y la repercusión de su segundo tratado al que nos hemos referido más arriba. Igualmente, testimonia la existencia de una obra “de las primicias” sobre la que no hemos encontrado más referencias, y que era propiedad del Arzobispado de Sevilla. El texto supone además una nueva constatación de su papel de fundador del Convento franciscano de Puente Genil, su indudable adscripción a su tierra, a la Puente de Don Gonzalo (“su Patria”) y nos ofrece una información que hasta ahora nos era absolutamente desconocida: la institución como sus herederos a los niños expósitos de Sevilla, hecho éste que imaginamos, debió hacerse a través de alguna institución de caridad o de la misma Iglesia sevillana, prueba flagrante de la generosidad y humanidad del doctoral.

Falleció en Sevilla a las 3 de la madrugada del 29 de septiembre de 1640 y fue enterrado en la nave de San Pedro de la Catedral de Sevilla.
Conocidos los datos anteriores, quisimos averiguar la ubicación exacta de su tumba. Para ello recurrimos al Juan José Antequera Luengo, quien en 1984 (editorial Facediciones) escribió el libro Memorias sepulcrales de la Catedral de Sevilla. Los manuscritos de Loaysa y González de León, donde detalla y describe la inscripción de la lápida depositada sobre la sepultura de Francisco de Melgar en la dicha nave de San Pedro de la Catedral. Según Juan de Loaysa (1633-1709) el enterramiento se encontraba en la nave de San Pedro de la misma Catedral, siguiente a la de Francisco Bernal de Estrada, bajo una lápida con la siguiente inscripción:
“D.M.S.D. Franciscus Melgar S.E.H. canonicus doctoralis quondam in collegio imperiali Granatae collega et antecesor, litteris et morum candore venerablis, cuius studium et pietas in jovendis alendisq infantibus expositis maxime enituit, quos heredes ex asse reliquit  iussit etiam franciscanorum coenobium in patria sumptu  suo aedificari. Vixit ann. 75 decessit 3º calendas octobris 1640  H.S.E.  Licenciatus Gaspar Espinosa eiusdem Ecclesiae Hispalensis canonicus a.b.m. maerens p.c. / Christo si plausi, iuvit, si dextera egenos / Mors mihi non funus, faenus ap ipsa fuit

Puestos en contacto con la administración de la Catedral para la búsqueda del citado enterramiento, nos informan de que en el siglo XVIII fueron removidos restos y lápidas, pero, no existiendo un inventario del estado final de los enterramientos tras las dichas reformas, no pueden informarnos acerca de si el cuerpo y la lápida de nuestro paisano continúan en su querida Catedral.

Desde luego todo un reto a plantear a nuestros amigos con residencia en Sevilla... ¿y si entre todos buscásemos la lápida del doctoral en aquella nave catedralicia, para -conjuntamente- seguir reconstruyendo nuestra propia Historia?

En cualquier caso, y tras apuntar aquel reto de entre todos hallar la tumba de nuestro paisano, cerramos esta breve semblanza de Francisco Gil de Melgar con las palabras, no exentas de cierto -y lícito- reproche, pronunciadas en 1894 por el insigne Antonio Aguilar y Cano:
"las obras que escribió Melgar, las honrosas comisiones que se le confiaron y los actos todos de su vida le acreditan como uno de los más notables e ilustres hijos de Puente-Jenil, merecedor de más viva y menos perecedera memoria que las hasta hoy tenida de él por sus paisanos".


Fuentes consultadas:
  • Edición impresa de El País 01-11-1982: Teresa de Jesús, de “santa de la Raza” a nieta de judío converso. Víctor García de la Concha.
  • Apuntes Históricos de la Villa de Puente Genil, Sevilla imprenta de Gironés y Orduña, calle Lagar 3, año 1874. Autores Agustín Pérez de Siles y Antonio Aguilar y Cano.
  • El Libro de Puente Jenil, Puente Genil imprenta Estrada Muñoz 1894, autor Antonio Aguilar y Cano, correspondiente de la Real Academia de la Historia.
  • Anales eclesiásticos y seculares de la Muy Noble y Muy Leal ciudad de Sevilla, año 1677 Imprenta Real, Juan García Infançon - Diego Ortiz de Zúñiga
  • Memorias sepulcrales de la Catedral de Sevilla. Los manuscritos de Loaysa y González de León (Juan José Antequera Luengo, Facediciones 1984).
  • Teatro Eclesiástico de las Iglesias Metropolitanas y Catedrales de los Reynos de las dos Castillas (tomo 2º) Gil González Dávila, año 1647, Madrid, imprenta de Pedro de Horna y Villanueva.
  • Boletín de la Real Academia de la Historia. Tomo CXCIII, número III, año 1996.
  • Información de Antonio José Illanes Velasco, Cronista Oficial de la Villa de Puente Genil. 
  • Respuesta crítica de Francisco Morovelli de Puebla a la intervención de Quevedo en la polémica del patronato de España. Autora, Sandra Valiñas Jar, Univesidad de Santiago de Compostela.

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