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domingo, 29 de enero de 2017

Baldomero Giménez Luque, impresor, periodista y escritor

Dedicado a todos cuantos participan del espíritu de Don Baldo.


He titulado esta entrada añadiendo junto al nombre de Baldomero Giménez Luque, sus ocupaciones de impresor, periodista y escritor. Soy consciente, sin embargo, que me dejo atrás su condición de historiador, que lo fue, no como una ocupación, sino como consecuencia de su consciencia acerca de que todo cuanto escribía era susceptible de ser leído y consultado en el futuro, para conocer la sociedad que Don Baldo compartió.


Y aunque este cuaderno lleve el título de Pontanos Ilustres, aun siendo Baldomero natural de Vélez Málaga, fue tanta su identificación con Puente Genil, tan inabordable su legado y tan ingente su aportación al conocimiento de esta villa pontana, que he querido honrarnos a nosotros mismos incorporándolo a nuestra nómina de Pontanos Ilustres.


Baldomero Giménez Luque, alrededor de 1913


Baldomero Antonio de la Santísima Trinidad Giménez Luque nació en Vélez Málaga a las siete de la mañana del 11 de julio de 1871, de familia humilde y malagueña por los cuatro costados. Su padre, Francisco Giménez Pareja, carpintero, natural de Vélez Málaga; su madre Remedios Luque Elías, de profesión las propias de su sexo y de su tiempo (por error, o simple desconocimiento, en la partida de defunción de Don Baldo se recogerá que su madre se llamaba Francisca); nieto por línea paterna del labrador de Cedella Luis Giménez Aragón, de Cómpeta, viudo de Ana Pareja; y nieto por línea materna del también labrador Francisco Luque y de Remedios Elías, ambos naturales de Vélez Málaga.

El primer escrito conocido firmado por Baldomero data de 1894 y lo hará en Las Dominicales del Libre Pensamiento (1883-1909) del 4 de mayo de aquel mismo año, bajo el seudónimo que utilizará durante toda su vida, “Crescencio”, posiblemente su nombre clave en la Gran Logia Simbólica Provincial de Málaga. Es el poema titulado “¿Por qué ha muerto!” en memoria del político, periodista y escritor Ramón Chíes. 

El sábado 11 de enero de 1896, a la edad de veinticuatro años, contrae matrimonio en Puente Genil, en la Parroquia de Nuestra Señora de la Purificación y de la mano del señor cura Rodrigo Carmona Cantos, con la pontanensa Encarnación Morales Pérez, hija de Fernando y Mª Dolores, estableciendo su domicilio en la cuesta Baena, donde al tiempo abriría su primera imprenta (en su partida de matrimonio aparece ya con la profesión de tipógrafo).

En 1903 lo descubrimos designado secretario del Comité Republicano Federal de Puente Genil y como impresor de La Bética, semanario republicano federal (1903-1905) fundado y dirigido por José E. Delgado Bruzón, en su imprenta de la cuesta Baena nº 3.  Aunque no hemos encontrado en La Bética ningún escrito firmado por Baldomero, sabemos que era mucho más que su impresor: no sólo por su condición de corresponsal del periódico en pueblos cercanos, o porque su estilo en la redacción de las noticias es inconfundible, sino porque el mismo Don Baldo nos dirá años después que “en tal periódico mangoneé yo, y me interesa que las generaciones futuras lo sepan por razones que me reservo, por ahora. Ya tendré ocasión de exponerlas” (Efemérides Pontanenesas). Enigmático Don Baldo.

En 1904 participa ya en el Almanaque de La Ortiga con su texto “Usted se entiende” junto a plumas como la de Narciso Díaz de Escobar o Eduardo de Ory, entre otras, y en 1905 se encuentra plenamente asentado en Puente Genil e imbricado entre las fibras de la sociedad pontanensa. Es admitido como socio de número en la más prestigiosa sociedad de la villa, como es el Casino Liceo (en 1914 también se encontrará entre los socios fundadores del Casino Mercantil), entonces con sede en la calle Don Gonzalo nº 26 y bajo la presidencia de Juan Delgado Bruzón. Ese mismo año es concejal republicano en el Ayuntamiento presidido por Juan Delgado Bruzón y del que también formaron parte, como primer teniente, Manuel María Melgar, como segundo, Pedro Ariza Estrada, tercero, Antonio Romero Jiménez y José E. Delgado Bruzón como síndico del Ayuntamiento (los síndicos tenían encomendadas una serie de funciones relacionadas con matrículas de comercio, alistamiento y sorteos, milicia nacional, sanidad, instrucción pública, enajenación de bienes, censos, padrones… y otros). 

De ideas republicanas (el propio José E. Delgado Bruzón lo llama “nuestro distinguido amigo y correligionario”), nunca se identificó con quienes hacían de la política una trinchera, un campo de lucha radical, de insultos y exabruptos. Todo lo contrario, un inagotable abogado en pro del entendimiento y la concordia, que jamás renegó de sus ideales ni de sus amigos republicanos, como lo prueba su asistencia, junto a significados dirigentes socialistas y republicanos, al homenaje en la Huerta de Ibarra a Gabriel Morón Díaz, a quien llama “querido amigo”, tras su indulto en 1922.

En la misma línea encontramos la dedicatoria a José E. Delgado Bruzón de su novela La Traviesa, en la que, tras lamentarse de que algún mediocre o pobre de espíritu pudiera encontrar en ello dobles intenciones, aclara que la única idea que le ha guiado al escribir la obra es “satisfacer el vehemente deseo que siempre he sentido de elevar un canto a la voluntad” (lo que constituye en última instancia la tesis de La Traviesa) y acaba suplicado a su amigo “acepte este insignificante obsequio que, con el solo objeto de pagar una deuda de gratitud y rendir un tributo de pura amistad, dedica su mejor amigo”.

Desconocemos cuál fuera el motivo de su arribo a Puente Genil, donde con Encarnación, profesora de primera enseñanza, fallecida a comienzos de 1921, formaría una familia junto a sus hijas Laura y Concepción, a quienes dedicará, con el humor y socarronería que siempre lo distinguieron, El Cuento de la Viuda (estrenada con éxito en el Teatro Circo de Puente Genil el 8 de noviembre de 1913 y que publicaría en 1916), con las siguientes palabras:

“A mis hijas Laura y Concha, en razón a que puedo estirar la pierna el día menos pensado y dejarlas sin tener nada de su padre, dedicado a ellas. ¿Está mal?”.

Descendencia de Baldomero Giménez Luque
Autor: Luis Velasco Fernández-Nieto
Laura contrajo matrimonio en diciembre de 1917 con el poeta egabrense Federico Valentín, que ya era regente de La Estrella, haciéndolo Conchita con Pedro Albelda Carvajal, dueño de la cordobesa Imprenta Torres, el 5 de abril de 1920 en la Parroquia de la Purificación, bendiciendo este acto el doctor en Sagrada Teología José Estrada Ruiz, apadrinados por Tomás Albelda Carvajal y su esposa Rosario Luque Estepa. Pedro Albelda se suicidará en julio de 1927, disparándose en la cabeza, en su domicilio de la Plaza Nacional. Federico y Laura tuvieron al menos un hijo en 1919, Federico Valentín Jiménez, de quien sabemos fue arrestado en Puente Genil con solo catorce años, el 8 de noviembre de 1933, por distribuir propaganda electoral ¡autorizada! (los difíciles años treinta). Conchita dará a luz una niña en mayo de 1921 que, sin embargo, fallecerá poco después, en agosto de 1922. No obstante, sabemos que tuvo, al menos, dos hijos más. Federico Valentín era conocido como “Chubesqui” y durante un tiempo, al menos en 1924, fue jugador del “Genil F.C.”  y designado por la Audiencia Provincial de Córdoba fiscal municipal en 1930 (seguía siéndolo en 1932) en unión de Carlos Delgado Delgado como juez.

A pesar de mantener una constante, pero solo aparente, exposición pública personal, imagino a Don Baldo tremendamente celoso de su intimidad, pudoroso en las ocasiones en las que él mismo -o su actividad- se convierten en objeto de noticia. Varios son los indicios que nos hacen pensar de esta manera: al estrenar su obra Plutón en 1913, sus incansables colaboradores y mejores amigos Julio Montilla y Manuel Pérez Carrascosa, casi asaltaron las máquinas de La Estrella, se hicieron con ellas y así, de esta guisa, lograron plasmar el homenaje popular de que Don Baldo fue objeto. Sospecho, sin embargo, que sus amigos aprovecharon la excusa del estreno de Plutón, no para homenajear al autor por tal motivo, sino para testimoniar al bueno de Don Baldo el sincero afecto, el cariño y reconocimiento que sus amigos le profesaban. Al final de aquel banquete y agradeciendo el gesto afectuoso de que era objeto, testimonió también su amor a Puente Genil:

“…Pero no cejaré. Yo necesito
y lo digo señores, con jactancia,
demostrar que si no tuve la suerte
de nacer y pasar mi triste infancia
en este pueblo hospitalario y noble
cuyo cielo purísimo me encanta,
le profeso un amor grande y profundo,
tan profundo y tan grande, que no halla
la idea mi cerebro, por mezquino,
ni mi boca por torpe, la palabra
con que expresar la magnitud del término
que admita de este amor la comparanza.

Porque en él encontré franco cariño,
protección y amistad leal y franca,
y os juro que jamás clavó en mi pecho
la repugnante ingratitud su garra…”.

Don Baldo representa un tipo de hombre poco frecuente no sólo en su tiempo, también hoy: desprendido, generoso, dotado de una altura de miras poco común, inteligente y culto. 


Cabecera de El Aviso
Puente Genil mantiene con Don Baldo y con El Aviso una deuda de gratitud y de admiración nunca bien ponderada. A través de su semanario recorremos no solo el día a día de la villa pontanesa durante casi veinte años, sino que gracias a él podemos aún disfrutar de buena parte de la creación poética de aquel tiempo que, de otra forma, se habría perdido para siempre. Natalicios, fallecimientos, acontecimientos de relevancia, efemérides, censos, establecimientos de nuevas industrias, polémicas… El Aviso nace el 2 de mayo de 1911 (de lo cual dio cuenta el Diario de Córdoba en su resumen literario para Córdoba el 1 de enero de 1912), siendo el admirado Baldomero su director, impresor y redactor que le dio vida en su imprenta La Estrella, en la calle Don Gonzalo 17. A su fallecimiento en 1929 su yerno continuará editando El Aviso alrededor de un año hasta su definitiva desaparición en 1931.

Su amistad, por mor de colaborador luengos años, con Julio Montilla (Julio Giménez de Montilla e Ibarra) y el luctuoso final del poeta y escritor romántico pasan por las páginas de El Aviso con discreción y elegancia, sin hacer jamás drama de la tragedia, sin rellenar páginas de lacrimosa desesperanza. Por idéntico motivo, es buen amigo del egabrense Federico Valentín de la Rosa (en 1912 en Iznájar representó su sainete “Aquí me falta un zapato, o ¿quién me compra estas patas?”), cuyos versos aparecen en El Aviso casi desde su fundación y, sin embargo y a pesar de que debía ser un hecho público y notorio, ni lo exalta, ni hace noticia de lo que sólo es un hecho íntimo y familiar. La relación de Federico Valentín y Don Baldo es, como vemos, muy anterior a la que mantendría el poeta con su hija Laura, lo que nos hace conjeturar y preguntarnos si no sería esa amistad la que llevó más tarde al amor entre Federico y la que sería su esposa.

Socarrón, irónico, generoso, cariñoso y, sin embargo, inflexible en asuntos que pudiera considerar perjudiciales para Puente Genil, justo y equitativo, no dudaba un segundo en ceder páginas y páginas de El Aviso a quienes expresaban pareceres completamente antagónicos a los suyos y mantener con ellos polémicas y jugosas discusiones, a veces agrias, en su recordado semanario. 

En sus versos gusta de provocar la risa, a veces una auténtica carcajada, a veces ocultando su fina intención tras unas composiciones aparentemente fáciles e ingenuas para quien no conozca la dificultad de escribir bien bajo la apariencia de la sencillez. 


Es el sentido del humor sin asperezas, sin dobleces ni segundas intenciones, lo que mejor identifica a Baldomero. Aquel 1912 coincidió la salida de El Aviso con un 28 de diciembre, lo que aprovechó el veleño para llenar sus páginas de bromas e inocentadas.Y nos cuenta que durante meses había guardado el secreto de que una compañía belga estaba comprando veinte kilómetros cuadrados de terreno entre la Fuente del Yeso y La Pitilla para instalar una fábrica de ratoneras de alambre. En el artículo daba cifras concretas del número de puestos de trabajo que crearía la fábrica, el capital social de la compañía, el nombre de su representante en Córdoba o la distribución de la extraña industria, uno de cuyos departamentos sería uno “bastante amplio para encerrar los ratones necesarios para probar la resistencia de las ratoneras antes de lanzarlas al mercado”.

Conoció y admiró al insigne historiador Antonio Aguilar y Cano de quien, quizás, bebió la necesidad de ser extremadamente escrupuloso con los datos y la información que al lector se ofrecen. Don Baldo se nos muestra extremadamente delicado al aportar cifras o detalles exactos, participándonos la fuente de su información, aclarándonos si los detalles son realmente exactos, aproximados o simples elucubraciones o hipótesis. Gracias a él, a su particular manera de concebir la Historia, su semanario se ha convertido en un auténtico manual de consulta del devenir cotidiano de buena parte del siglo XX. Ejemplo de la concepción de aparente cotidianidad, mas con vocación historicista de El Aviso, son las líneas del prólogo de su Efemérides pontanenses


“A este género de libros le sucede lo que al vino; cuando mosto, vale poco; pero a medida que pasa el tiempo, si no se echa a perder, va adquiriendo valor cada año que por él pasa. Un libro que solo contenga apuntes históricos, y más si se hicieron pocos ejemplares, hoy no tiene valor ninguno, porque, como el vino, está en mosto. Cuando le pasen muchos años, tendrá mucho valor el ejemplar que, ileso, llegue a manos de quien pueda utilizarlo”.

Como autor de obras de teatro, escribió el entremés El hombre y el oso, el sainete titulado El maestro Chapetas o ¿a quién le hago yo un encargo?, El tigre negro (aunque también lo hemos encontrado referenciado como El tinte negro), el drama en tres actos Plutón y El Cuento de la Viuda (juguete cómico en dos actos, al que ya nos hemos referido); como novelista, es autor de La Traviesa; como poeta, escribe Chirigotas y un tomito de composiciones poético festivas titulado Al amor de la lumbre (1912); y en otros órdenes, Efemérides pontanenses (1916) y el Almanaque guía de Puente Genil para 1915 que tiene como portada un fotograbado del paseo de la Plaza Nacional, conteniendo en su interior el santoral, datos sobre la villa, calles, guía oficial, plano de la localidad, guía general, conocimientos útiles y anuncios,

Bajo el seudónimo de “Triquiñuelas”, Ricardo de Montis dedicará a Baldomero los versos siguientes:
“Echaré a libros el día,
lo cual no es echarlo a perros.
Otra obrita ha publicado
mi amigo don Baldomero
Jiménez Luque, un poeta
muy laborioso y modesto.
En ella ha recopilado
varios ingeniosos cuentos
escritos con mucha gracia,
que forman un libro ameno.
Quien quiera pasar un rato
de agradable esparcimiento
compre Al amor de la lumbre
y conseguirá su objeto”.

Ricardo dirá de El Aviso en 1912 que "sin género alguno de dudas resulta este periódico, tanto por su contenido como por su confección, el mejor de cuantos se han publicado en nuestra provincia". Y tal afirmación en boca de quien fuera redactor de El Comercio de Córdoba, primero, y director de El Diario de Córdoba a partir de 1929, adquiere tintes de auténtico reconocimiento.

Sobre La Traviesa nos dirá Julio Montilla, que esa obra sirvió para expulsar a Baldomero del elenco de autores considerados únicamente como festivos. Una obra compleja, social, que hace al crítico preguntarse  lo siguiente: “mas… ¿dónde ha aprendido Baldomero Giménez psicología tan profunda ¡Qué sé yo! Es más: no pretendo indagarlo. Lo que no me cabe duda es que su pluma ha sido escalpelo valiente, que ahondando en el alma humana, nos ha descubierto de un modo maravilloso una tremenda llaga social”. Es ciertamente una obra bien escrita y construida en varias etapas físico temporales, en la que vemos reflejada la personalidad de Don Baldo a través de Mercedes, “la Traviesa”, y su impresionante historia que sitúa en un imaginario pueblo malagueño llamado La Llanada.

Leopoldo Parejo Reina, el veterano poeta de Puente Genil dedicará los versos siguientes:

<<Quisiera yo tener para alabarte
-alabanza, sin duda, merecida-
del insigne Azorín la prosa fluida,
su elegante dicción gloria del arte.
Quisiera yo, también, felicitarte
por tu linda novela, que es la vida,
la vida idealizada, convertida
en venero del bien, lisonja aparte.
Yo leí de un tirón, sí, tu Traviesa
y a pesar del esfuerzo no me pesa,
pues conservo el recuerdo más profundo.
Por mucho tiempo guardaré memoria
de una tan bella como dulce historia,
y así opina también el “Nuevo Mundo”>>.

Julio G. Montilla Ibarra
Julio Montilla es amigo, es poeta, alma sensible, quizás atormentada por no sabemos qué miedos o concepto de la realidad, pero es, sobre todo, un apasionado de las letras, de la literatura, de la prensa y del teatro. Cuando en 1913 el prolífico director de El Aviso estrena su comedia en dos actos El Cuento de la Viuda, nuevamente es Montilla quién ejerce de crítico implacable en el semanario. El sainete, divertido, genial y ocurrente, nos cuenta la historia de Sagrario, joven viuda que a la muerte de su marido jura no volver a casarse, pero conoce a Enrique y… (léase, por favor, la comedia en https://archive.org/details/elcuentodelaviud2292gimn). Montilla compara el sainete de Don Baldo con cualquiera de los hermanos Álvarez Quintero, y cierto es que sigue ese estilo ágil y lleno de ingenio, pero en su papel de crítico no duda en poner peros a la obra del amigo, sacando a la luz algunos defectos de los que el sainete adolece.  Nunca compró la amistad a los honestos. Aún así, el mismo Baldomero, a quien los elogios siempre incomodaron, dudó hasta el último momento en publicar la crítica de Montilla, resignándose a hacerlo porque nadie pudiera interpretar retorcidamente su no publicación.

Pero el amor de Baldomero por el teatro no se limitaba a escribir sus obras, ni a representarlas en nuestro Teatro Circo, ni si quiera a emitir críticas sobre las que se ponían en escena en aquel Puente Genil, sino que, además, ejerció como director artístico de la sociedad Benavente, la cual le distinguió con un banquete en la Fonda Española (calle Don Gonzalo 51 y que anunciaba como reclamo publicitario “luz eléctrica en todas las habitaciones”) por su onomástica en 1918 y al que asistieron José Aragón Miranda, Salvador García Rivas, Julio de la Vega Espadiña, Francisco Cantor Baena, Antonio Perailes Montero, Carlos Graciano Cuenca, Miguel Muñoz Morales, Salvador Recio Nieto, Joaquín Jurado Palos, Lorenzo Torres Domínguez, Federico y Francisco Valentín de la Rosa, Francisco Vida Padilla, Francisco Sampedro Martínez, Eugenio Feliú Serret, Pedro Calmaestra Gámiz, José Meral Hurtado, Manuel Carmona Delgado, Enrique Pino Reina, José Pavón Zamora y Miguel García Navas.

Incansable organizador de homenajes, eventos y conciertos, fue fundador de Los Amigos del Libro y Juventud Cultural, colaborador en El Parnasillo, participó en Los Amigos del Arte y su órgano de expresión “Ideales”, su labor fue esencial para la creación de la Escuela de Artes y Oficios de Puente Genil, para la implantación en la villa del movimiento scout, conocido aquí como “Los Exploradores”, o para la construcción de la Plaza de Toros, por la que abogaba públicamente enardeciendo a los lectores y polemizando con sus detractores, mucho antes de que fuera una realidad. 

En definitiva Don Baldo formó parte de una élite cultural e intelectual, no social, que dinamizaron la cultura, también la industria y la economía, en aquel Puente Genil de comienzos del siglo XX, auténticas décadas de oro de nuestro municipio: Miguel Romero, Pérez Carrascosa, Aguilar y Cano, Pérez de Siles, Leocadio Santaella, Manuel y Emilio Reina Montilla, José Contreras Carmona, Manuel Rey Cabello, Rodrigo García Luque, Antonio Baena Delgado, Justo Estrada Haro, Ricardo Moreno, Manuel María Melgar, Leopoldo Lemonier…

Especialmente curiosa es la obrita Efemérides pontanensas, a la que ya nos hemos referido más arriba. Basada en los Apuntes históricos de la villa de Puente Genil y en El Libro de Puente Jenil, en los que Agustín Pérez de Siles y Antonio Aguilar y Cano vierten una ingente cantidad de datos históricos, que Don Baldo ordenó por días, meses y años, publicando en El Aviso a partir del 1 de enero de 1916, la efeméride correspondiente a cada día de la publicación del semanario y desarrollando cada uno de los acontecimientos gracias a la colaboración de Aureliano Borrego Pradas, Rafael Morales Rivas y Rafael Moyano Cruz y a los manuscritos de Agustín Aguilar y Cano. Una curiosa obra que guarda cientos y cientos de datos de carácter histórico sobre Puente Genil desde el 9 de marzo de 1126 (“Celebra batalla, en que los cristianos, a las órdenes de Alfonso I de Aragón , El Batallador, les dieron palizón tremendo a los moros mandados por el Emir Abu Tahir, en los campos de Castillo Anzur, de este término municipal”) hasta el 1 de diciembre de 1915 (“El tren de Mercancías 201 arrolla a la guarda barrera del paso a nivel de los Arroyos, hermosa joven de quince años, llamada Encarnación Aguilera Aguilar”). 

Pero las atenciones y la delicadeza de Don Baldo llegan al extremo de dejar sin publicar algunos datos que le hubiera gustado plasmar para el conocimiento de generaciones futuras. Solo leyendo su justificación podemos alcanzar a imaginar la elegancia, la altura de miras y la generosidad de un ser de antología:


“Que se me han quedado en cartera muchos hechos notables acaecidos en este pueblo, no hay para qué decirlo; pero no los he publicado por razón de prudencia. Viven aun muchos de los protagonistas de unos hechos; los parientes de otros, y no me he creído con derecho a poner en ridículo a nadie, ni aun cuando se trata de mi mayor enemigo. En este respecto tengo un criterio cerrado, a saber, que nadie tiene derecho a molestar a nadie. No creo tener enemigos, a Dios gracias; pero si los tuviera, y hubieran sido protagonistas principales o auxiliares de un acontecimiento digno de ser comentado desfavorablemente, yo respetaría a mi enemigo, con la misma consideración que al amigo”

A criterio del lector dejo la reflexión sobre si este espíritu recto sigue imperando en nuestros días.

Fue colaborador del Diario de Córdoba, donde a partir de octubre de 1912 publicó una serie de artículos sobre la filosofía del lenguaje, de idéntico título.

Tumba de Don Baldo en el cementerio de Puente Genil
Murió por tuberculosis en su querido Puente Genil, en su domicilio de la calle Don Gonzalo 17, la tarde del 30 de mayo de 1929. Con esa fecha aparece registrada su defunción en el Registro Civil, existiendo discordancia respecto a la inscripción que aparece en la lápida que guarda sus restos en el cementerio pontanés (31 de mayo). Su pueblo de adopción y de corazón, Puente Genil, acordó en sesión de 27 de enero de 1934 rotular una de las calles de la villa, en la zona de expansión del municipio, con el nombre de Baldomero Giménez Luque. Desgraciadamente se rotuló erróneamente al escribir su apellido con J en lugar de con G, algo que hubo de sufrir constantemente a lo largo de su vida. Y cómo no, de su muerte.



Fuentes:

  • Luis Velasco Fernández-Nieto, que me lanzó varios cabos a los que poder agarrarme.
  • Texto de la conferencia "Puente Genil, reflejo histórico en la prensa escrita", Javier Villafranca Muñoz, pronunciada el 4 de marzo de 2016 en el Teatro Circo de Puente Genil, con motivo de los actos de celebración del CCCL Aniversario de las figuras de Dimas y Gestas de la Corporación Bíblica Los Ataos.
  • El Defensor de Córdoba, diario católico de noticias.
  • Diario de Córdoba de comercio, industria, administración, noticias y avisos.
  • Archivo Casino Pontanés de Puente Genil.
  • El Pontón, órgano de difusión de la asociación Amigos de Puente Genil.
  • El Aviso, semanario independiente. Defensor de los intereses comerciales, industriales y agrícolas de esta zona.
  • La Voz, diario gráfico de información.
  • Anuario regional descriptivo, informativo y seleccionado de la industria, comercio, agricultura, profesiones, arte y turismo de la región de Andalucía y Norte español de África.
  • Las Dominicales del Libre Pensamiento
  • El Nuevo Régimen, semanario federal.
  • ABC Sevilla
  • Mundo Gráfico, revista popular ilustrada
  • Wikipedia, la enciclopedia libre.

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