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lunes, 8 de junio de 2015

José de Siles y Varela, escritor

Para Almu, que aguanta hasta lo infinito y siempre con una sonrisa. Bueno… casi siempre.

Año 1875. de su libro "Las primeras flores"
Desde que, por mera casualidad y gracias a la suerte, descubrí la figura de José Pérez de Siles y Varela (aunque él siempre omitió su apellido Pérez) quedé completamente deslumbrado por el doble sol de su faceta literaria y su aspecto personal. Siles pertenecía a esa generación sublime de grandes hombres de las letras y la industria, que en Puente Genil dieron forma figuras como Miguel Romero, José Contreras, Manuel Reina, Reina Iglesia, Leopoldo Parejo, Rodrigo Luque, Rafael Moyano, Antonio Baena, Emilio Reina… Sin embargo, a diferencia de lo que ocurría con los anteriores, de Siles muy poco se sabe de su vida.

Hijo de José Pérez de Siles y de Angustias Varela, nace en Puente Genil el 12 de abril de 1856 y muere en Madrid el 24 de junio de 1911. Sus primeros años discurren plácidos en Puente Genil, pero muy pronto marcha a Madrid buscando hacer realidad su pasión… las letras. Poseyó, como veremos a lo largo de las siguientes líneas, una personalidad deslumbradora y sumamente compleja. Humilde, desinteresado, alejado de reconocimientos que ya desde muy joven lo venían persiguiendo, huye de cuantos actos sociales y convencionalismos pudieran convertirlo en centro de atracción. Aguilar y Cano nos habla de él como de alguien dotado de una “extraña y fecundísima personalidad literaria”, confesando abiertamente en El Libro de Puente Jenil (1894) su frustrado intento de llevar a cabo un concienzudo estudio sobre el poeta pontano, intento absolutamente infructuoso por haberlo impedido “las resistencias emanadas del mismo Sr. Siles”. Su primer biógrafo fue Rodolfo Gil Fernández, de quien obtenemos la primera información en su Córdoba Contemporánea, y que posteriormente fue utilizada tanto por Aguilar y Cano como por José Segundo Jiménez.

Inició sus estudios en el Seminario San Pelagio mártir, de Córdoba, completando el Bachillerato en Cabra y pasando luego a Madrid para estudiar Filosofía y Letras, dedicándose desde muy joven al periodismo. Rodolfo Gil, nos lo presenta con unas prodigiosas facultades para desarrollarse con las hermosas perspectivas que le ofrecía la capital de España.
Dorio de Gádex narrará en 1908 el arribo a Madrid de un jovencísimo e imberbe Pepe Siles: “adolescente, casi sin bozo, llegó a este Madrid famoso, huyendo de las tranquilas dulzuras del hogar paterno, con muchas ilusiones y muy pocas pesetas”. Conocedor del latín y varias lenguas modernas, su dominio del francés le permitió ejercer como traductor de obras de distintos autores.

La prensa anunciaba su fallecimiento haciendo hincapié en que se produjo en la mayor de las pobrezas y víctima de una larga y penosa enfermedad, recalcando su personalidad de hombre buenísimo que no conoció enemigos. Desde Canillejas, en el extrarradio madrileño, al que se desplazaba diariamente andando varios kilómetros por no poder costearse el más elemental medio de transporte, su cuerpo inerte, privado de consciencia, fue trasladado en carreta hasta el Hospital provincial. La Correspondencia de España (22-06-1911) nos avisa de que varias horas después el juzgado ni siquiera había podido tomarle declaración porque no recuperó el conocimiento. Murió el 24 de junio de 1911 a las ocho y treinta de la mañana (el facultativo certificaría que por “hemorragia cerebral”) en la cama número diez, de la sala número once del Hospital Provincial de Madrid. Su entierro se verificó el miércoles 28 de junio a las diez de la mañana, asistiendo al mismo muchos periodistas, escritores y la redacción completa de Nuevo Mundo, a la que pertenecía. Previamente, en 1889, había sido director de la revista de Bellas Artes El Mundo Artístico y redactor de El Heraldo de Madrid, del que se separó en marzo de 1891 junto con el Director Rafael Comenge, el Redactor Jefe, Manuel Alhama Montes, y otros dos redactores, Ramón Peris y Adolfo Fernández de Castañeda. La comitiva se organizó en el Depósito judicial de cadáveres, en la calle Santa Isabel, frente al Hospital provincial, siendo enterrado en el cementerio de Nuestra Señora de la Almudena.



Certificado de defunción, anverso
Certificado de defunción, reverso
La más completa semblanza de Siles nos la muestra Baldomero Giménez Luque en El Aviso de 24 de junio de 1916, al cumplirse cinco años de la muerte del escritor. Por el modo en que D. Baldo lo recuerda, llamándole Pepe Siles, nos hace pensar que, si bien no existió una amistad entre ellos -pues tanto su forma de vida, como su residencia en Madrid suponía un impedimento para ello-, sí hubo desde luego una relación de consideración, buen trato y respeto. Destaca de él su carácter honesto e íntegro, defensor a ultranza de su independencia, lo que le costó morir en la más absoluta soledad, “con un guarismo por nombre, como mueren los innominados”. Subraya su talento como escritor, revelándonos que todos los libros que publicó -que no fueron pocos-, estuvieron costeados por los propios editores, lo que implica absoluta confianza en su obra y en la rentabilidad de la inversión. Emilio Carrere nos ofrecerá más tarde una versión no contrapuesta, pero sí radicalmente distinta a la de Don Baldo, al narrar una anécdota referida a un libro de Siles y a su impresor de cabecera, Gregorio Pueyo: “José de Siles es autor de un libro titulado El asesino de Lázara. Todos los escritores que llegan al zaquizamí de quien lo editó, salen con un ejemplar de este libro y con la recomendación de que le den bombo. –Haga el favor de decir algo. Está casi íntegra la edición. ¡A ver si sale este clavo!- Clavo en lenguaje editorial es el libro que no se vende nunca (…)”. También tenemos noticias contrapuestas a la versión de D. Baldo, redactada seguro con plena verosimilitud pero con concesiones al afecto hacia Siles, pues algún autor hace referencia a que buena parte de una herencia recibida, la empleó por supuesto, en los gastos propios de un bon vivant, pero también destinó buena parte de ella a la publicación de algunas de sus obras. Ambas informaciones serán sin duda ciertas: la mayor parte de su obra corrió a cargo de los editores (entre los que destacó Gregorio Pueyo), pues Siles jamás disfrutó de posibilidades económicas que permitiesen hacerlo por sus propios medios, excepto en la etapa en que se constituyó en heredero. Pero aparte de ese detalle respecto a la impresión de sus obras, el texto de El Aviso destila cierto amargor por la forma en que Puente Genil recibió la noticia del fallecimiento del escritor, “encogiéndose de hombros”. No obstante, no podemos olvidar, que Siles partió muy joven a Madrid, donde llevó una vida desordenada y bohemia (seguramente no bien entendida en la sociedad rural de un pequeño pueblo andaluz), en cuyo movimiento se enmarca, precisamente, su obra literaria. 


Emilio Carrere escribía en Madrid Cómico (18 febrero 1911) a propósito de la publicación de El asesino de Lázara: “Siles ha hecho una vida trashumante durante mucho tiempo, sin más compañía que su absurdo chaquet, el mejor camarada de este hombre franco, bebedor; artista y mujeriego quien a pesar de su cabello cano, cuando habla pone en los ojos un derroche de entusiasmo y juventud (…)” y lo califica de “artista, pintoresco, bebedor, enamoradizo”. Entre ambos, y a pesar de los veinticinco años de edad que los separaban, existió una buena amistad. Sin duda, Carrere fue uno de los que más hondo dolor sintió por la muerte de nuestro paisano.
Andrés González Blanco en la revista Prometeo (julio 1909), a propósito de la forma de vida de la que fue honestísimo apóstol hasta el final, afirma que “José de Siles es un bohemio incorregible, el último de los bohemios de la pasada generación […]. José de Siles ha tenido la originalidad de no ser un apóstata de la bohemia […]. En medio de su vida turbulenta y agitada, como es la vida bohemia de verdad, no la bohemia de postura, José de Siles no ha olvidado que la vida sin letras es una muerte”. Y tras alabar las virtudes literarias del escritor, ofrece algunas pinceladas sobre su personalidad: “Añádase a esto, que Siles es en su vida privada un entendido bibliófilo, un anticuario, un amateur de arte como hay pocos en nuestra patria. Su charla, chispeante e ingeniosa, es además instructiva. Completa el tipo exacto de aquellos eruditos del Renacimiento que eran unos causeurs gracejantes, a más de unos sabios venerados en todas las disciplinas. Un Pico de la Mirandola (sic) que diserta de omnia re scibili… et quibusdam alus (sic) con la fina ironía de un Anatolio France”.

Y otra vez Emilio Carrere el 1 de julio de 1911, y otra vez en Madrid Cómico a propósito de la muerte del fecundo poeta, glosará la figura del amigo, del bohemio, del artista, aportando detalles dolorosos, pero también jugosas pinceladas sobre la resignación y el sentido del humor de Siles. Cuenta que cada vez que se lo encontraban con su porte de caballero español (arruinado de nuevo, tras dilapidar jugosa herencia, que nos dirá de un tío suyo, mientras que Dorio de Gádex la referirá como recibida de su padre), siempre los invitaba a su hotelito en el que vivía en el campo a las afueras de Madrid, donde la quietud y sosiego le permitía escribir. Todos sabían, sin embargo, que vivía en “una choza solitaria, perdida en un barranco de las afueras de Madrid”. Y nos dirá Carrere que “ha muerto Pepe Siles, poeta, filósofo y cronista; ha muerto ciego y pobre en el horror sin nombre del hospital, y su manera de morir ha sido el obligado epílogo de su bohemia”, finalizando su recuerdo al amigo de manera dolorosa:
Siles ha muerto de una manera trágica; hallaron su cuerpo caído en medio del camino, y en una carreta como un fardo inútil, sin saber quién era, le condujeron. Sirva la angustia sincera de mi corazón como plegaria por este cofrade, que ya no volverá a recitarme sus sonetos en la alta noche, cuando ambos ambulábamos por las calles como dos sobras de un mundo absurdo para los señores cretinos, que son legión…”.
Genial Carrere.

La obra de José de Siles se encuadra dentro de la corriente modernista “en su expresión más subversiva: la bohemia” (Juan Pascual Gay), a cuya estética se liga desde muy joven. Emilio Carrere lo recoge en su libro La Corte de los Poetas. Florilegio de Rimas Modernas (1906), al que Marta Palenque calificará como “la antología del modernismo hispánico” y en el que coloca a Siles entre los sesenta y siete poetas incluidos, insertando cuatro de sus textos, al mismo nivel que autores como Francisco Villaespesa, Manuel Machado, Luis de Oteysa, el mismo Carrere, José María Gabriel y Galán, Emilio Bobadilla (aunque Martínez Cachero y otros muchos se preguntarán qué tienen que ver con el Modernismo estos dos últimos autores) y José Pablo Rivas.

Emilio Carrere y otros bohemios Café Valera Madrid 1926

En cuanto a su producción literaria, además de escritor cultísimo, prolífico y fecundo, cultivó la novela, la poesía, el ensayo y el teatro, pero donde destacó sobremanera fue en los cuentos y relatos. El periodista Antonio Guerra y Alarcón saludaba en La Ilustración Nacional (una de las más cuidadas y hermosas cabeceras que nuestra Prensa ha dado) el 30 de octubre de 1880 la publicación de Un joven sensible, una colección de catorce cuentos, cada uno de los cuales “por su forma e interés merecerían ser verdaderas novelas”. Para entonces Siles ya había publicado Historia de amor (donde “encontró la crítica seria y descontentadiza algunas páginas dignas de figurar al lado de las de los mejores escritores españoles”) y La Seductora (en la que “ofrece un tipo lleno de humanismo y naturalidad”), afirmando el mismo Guerra y Alarcón, que hay pocos escritores que le aventajen en corrección y elegancia, y muy contados los que le superen en el sello de modernismo que imprime a cuanto produce su pluma.

En 1882 La Correspondencia de España informa que una bella oda a Lamartine, “del joven poeta D. José de Siles” había resultado premiada en el certamen poético celebrado en el mes de octubre de aquel año en la antigua academia Mont-Real de Tolosa (Francia).

La misma revista en su número de 19 de mayo de 1902 informa de la representación en el Teatro Moderno de Madrid de una alegoría dramática compuesta “por el distinguido escritor D. José de Siles” expresamente para ser representada por las alumnas de un ilustre colegio. A pesar de tratarse de una obra desprovista de pretensiones literarias, escrito únicamente para recreo de jóvenes y niñas y para que otras niñas lo representaran “el trabajo del Sr. Siles tiene, sin embargo, verdadero interés. Está versificado con soltura, en fáciles redondillas y no pueden negarse a los versos inspiración y delicadeza”. Se trata en concreto de una alegoría dramática en un acto, original y en verso titulada Certamen de flores y representada por primera vez, efectivamente, en el Teatro Moderno en abril de 1902 por varias alumnas del Colegio de señoritas dirigido por Doña Benita Pérez. Las alumnas que participaron en el estreno fueron Carmen Ortolá (Siempreviva), Carolina Arias (Almendro), Pilar Muñoz (Rosa), Pilar Bonilla (Violeta), Carmen Idoate (Clavel), Pilar Martínez (Jazmín), Carmen Ruiz (Lirio), Asunción Blanco (Pasionaria), Teresa Muñoz (Azahar), Julia Sánchez (Sensitiva), Josefa Navidad (Amapola) y Rosario García Barzanallana (Camelia). Resulta deliciosa y de una dulzura sublime la dedicatoria a la Sra. Dª Benita Pérez:
Concebida esta Alegoría y escrita con destino á ser representada por alumnas del Colegio que, con tanto celo é inteligencia desde hace ya largos años dirige ¿á quién mejor que á usted, respetable señora, podía ser dedicada? No es una obra que reúna méritos literarios, pues escrita en breve tiempo, adolecerá sin duda de defectos. Mas, tal y como es, acójala con indulgencia, atendiendo solo al espíritu que la ha dictado, que no es otro que ofrecer á usted un testimonio, aunque insignificante, de la alta consideración que la consagra su seguro servidor q.b.s.p. José de Siles”.

Dorio de Gádex, pseudónimo literario de Antonio Rey Moliné (inmortalizado por Valle Inclán en Luces de bohemia) se indignaba en El Radical el 5 de agosto de 1908, cuando Siles cuenta con cincuenta y dos años, al constatar cómo la vida bohemia, desordenada y mujeriega del escritor había chocado de tal manera con las formas moralistas imperantes en la época, que los distintos críticos literarios le hacían el vacío negándose incluso a informar de las publicaciones del genial Siles. 


Aunque no niega, ni aplaude, la licenciosa vida del escritor pontanés, aboga por separar la genialidad literaria de la vida personal de los autores. Y así se enfurece y clama contra esa línea editorial porque es “algo extraño y, más que extraño, triste, pues el poeta de “Los fantasmas del mundo” es un maestro, un verdadero maestro. Su estilo es ágil, vibrante, colorista. Conoce la retórica y la poética de manera sorprendentemente maravillosa. Su inspiración continúa siendo vigorosa, exuberante, juvenil a pesar de que su barba es casi blanca, de que ha vivido una vida  áspera, dolorosa, vida de bohemio, sin mimí ¡con alcohol! Siles, como Musset, ama el agua de la vida, en la que encuentra paraísos ideológicos, de sabio y bello artificios, fraternos de los que supieron hallar en el sutil y omnipotente opio Tomas de Quincey y Carlos Baudelaire (…)”. 

Siles Varela


























Tras describir su llegada desde Puente Genil a Madrid una heladora noche de invierno alrededor de 1880 y que recogemos al inicio de estas líneas, nos cuenta acerca de su vida licenciosa, marcada por el alcohol, las mujeres, la vida desordenada y feliz, a la que fue siempre fiel, aun habiendo tenido opciones para salir de ella. En cuanto a su obra, Dorio de Gádex continúa diciendo que Siles desarrolla todos los géneros literarios creados por el hombre: la novela, el cuento, la crónica –de arte, literaria, taurómaca-, la crítica…. con un dominio absoluto de la métrica y de la poética, que le permitieron acometer todas las fórmulas y estilos, desde el sacro y el épico, al jaranero y picaresco. Y aunque reconoce la existencia dentro de la abundantísima obra de Siles (ya en 1908 llevaba 23 libros publicados y, según nos cuenta, escritos e inéditos otros tantos), de tres jocundos libros picarescos, su verdadera obra es la otra (a la que denomina “la seria”) en la que se respira un aroma moral que “hacen de Siles el autor predilecto de las familias cultas”.

Entre los libros publicados en aquellos años se encuentran varias novelas, cuentos, crítica taurómaca (Acuarelas del redondel), crítica de arte (El cincel y la paleta), poemas en prosa (El agua y el fuego), poesías serias (Los fantasmas del mundo, El diario de un poeta), poesías festivas (La musa retozona y El carnaval eterno) y “novelines” picarescos (La pícara Cornelia, Juana Placer y La hija del fraile).
La Ilustración Nacional 6 de abril de 1898
Empero no solo cultivó todos los géneros, sino que su amplísima cultura y preparación se refleja en otro apartado más de la labor literaria: la traducción. En 1895 se publicó La lira nueva, cuarenta y seis páginas con versos de Zola, Goethe, etc. traducidos por Siles. La Ilustración Nacional publica el 18 de octubre de 1899 La balada del desesperado, de Henri Murger (autor de La vida bohemia, que aquel mismo año se estrenó en Madrid en el Teatro de la Princesa) traducida por José de Siles. Nos consta, además, que fue también autor en 1901 de la versión castellana de la obra de André Theuriet El galán de la gobernadora publicada en Madrid en la imprenta Isleña de los hijos de Francisco C. Hernández y a quien también tradujo El profesor de Tous y Gertrudis y Verónica. Otras traducciones suyas son Cleopatra (de Henri Greville) y El Resumen de la Historia del Arte (C. Bayet).

Publicó en La Ilustración Nacional a lo largo de varias ediciones, su Diccionario Fantástico donde deja constancia impresa de su ocurrencia y sentido del humor. Para muestra un botón: Catarro = una tempestad en una nariz; vino = tinta potable; tinta = el vino con que se emborrachan los escribanos; esposa = cadena que siempre está amenazando soltarse; matrimonio = dos números que se multiplican sobre sí mismos; senado = centro de gravedad; dinero = sólido que siempre concluye por liquidarse; oficina del Estado = mar muerto; flor = una estrella que se quedó sin llegar a ser mujer; mujer = enredadera que tiene las espinas por dentro y por fuera las flores; escritor = hombre que vive de volver lo blanco negro; abogado = jugador de palabra que cobra en dinero…

Encontramos sus colaboraciones dispersas a lo largo de un ingente número de cabeceras a todo lo largo del territorio nacional: El Almanaque de la Risa, Coruña Moderna, Diario de Córdoba, Diario de Tenerife, Diario de Tortosa, El Adelanto, El Ateneo, El Avisador Numantino, El Aviso, El Comercio de Córdoba, El Constitucional, El Correo de Gerona, El Defensor de Córdoba, El Diario, El Diario Orcelitano, El Guadalete, El Nuevo Ateneo, El Orden, El Popular, El Pueblo, El Radical, El Telegrama del Riff, Flores y Abejas, Heraldo de Alcoy, La América, La Antorcha, La Comarca, La Correspondencia Alicantina, La Correspondencia de Alicante, La Correspondencia de España, La Crónica Meridional, La Cruz, La Época, La España Moderna, La Iberia, La ilustración Artística, La Ilustración Nacional, La Independencia, La Libertad, La Mañana, La Moda elegante, La Opinión, La Palma de Cádiz, La Región Extremeña, La Voz, Las Baleares, Los Cuentos Extremeños, Los Debates, Patria Chica, Madrid Cómico, Nuevo Mundo, Pluma y Lápiz, Revista Contemporánea

Podemos hacer un listado, no cerrado, de sus publicaciones (a las que hay que añadir las traducciones de obras a las que ya hemos hecho referencia), cuya búsqueda y lectura recomendamos fervientemente, y que indudablemente no constituyen números clausus. Al tratarse de un autor poco estudiado, hemos elaborado la siguiente lista a partir de los textos de nuestra biblioteca y con retazos de distintas publicaciones (libros, artículos y comentarios):
·      Obras de teatro: El demonio moderno (1900), La familia de Gazuza, El pintor y la modista, La fiebre de las mamás y Certamen de flores (1902).
·         Cuentos: El asesino de Lázara (1883), colección de cuentos publicados bajo el nombre Cuadros de color en 1895 en dos volúmenes: Mariposuelas y Pasiones de fuego; Los mil y un cuentos (1896/1897), Gran espectáculo (1889); Relatos trágicos (colección de cuentos de Siles, C. Rubio y J. Comas -1893-); La novia de Luzbel (1905), La casa de la alegría, cuentos (1905), El lobo y la oveja (1905), Boda buena y boda mala, La copa de veneno, El paraíso de los pobres (1905), Historias de amor, Un joven sensible, La vida pobre, Mentiras, El ruiseñor de invierno y, La corista.
·      Leyendas místicas: El drama del Calvario (1905).
·        

Poesías: Kristian, El diario de un poeta (1885), Sonetos populares (1891), Lamentaciones, Las primeras flores. Lamentaciones. Quimeras 1871-1879 (1898), Sonetos, Noches de insomnio (1898) y que dedica a otro gran desconocido de las letras pontanas, al Dr. Rafael Moyano Cruz, Los fantasmas del mundo (1903), Imago, La musa retozona.
·         Crtica de arte: Bellas Artes (1887) y El cincel y la paleta (1905).
·         Críticas taurinas: Acuarelas del redondel (1905).
·         Relatos de guerra: Memorias de un patriota (1905).
·         Novelas: La seductora (1887), Juana Placer (1889), La hija del fango (1893) y La estatua de nieve (1905).
·         Sátiras: El carnaval eterno.
·         Comedia: El calavera (1909).
·         Jeremiadas: La chusma (1910) de la que ABC dirá el 22 de octubre de 1910 que “se trata de un poema revolucionario que fustiga duramente todas las farsas y convencionalismos de aquella sociedad”.

Rescatemos del olvido la obra de Siles… ¿Quién sabe qué parte de su ingente producción se habrá perdido ya para siempre? Aún se encuentran por librerías de viejo algunas ediciones de parte de su obra. Rescatémosla, guardémosla y démosla a conocer. Un lujo y un placer que, sin duda, las próximas generaciones sabrán valorar y agradecer. Al menos cuarenta libros conocemos del malogrado escritor, del paisano que casi adolescente dejó Puente Genil en busca de fama y gloria en aquel Madrid de finales del siglo XIX. Su obra es fecunda, sus pensamientos y reflexiones, profundas. Merece la pena leer a Siles, no buscando en él referencias al hogar de la niñez o al límpido Genil. Hay que leer a Siles dispuestos a disfrutar de su prosa, de su verso, a recrearse en sus cientos y cientos de cuentos y relatos. Alguien con la deslumbrante imaginación de Siles debió albergar una personalidad absolutamente fascinante, repleta de vivencias, de soledades, de fracasos, de miedos y complejos. Pero rebosante al mismo tiempo de una ilusión deslumbrante, de unas ganas de vivir y de aprender exorbitantes, de un deseo de exprimir y beberse la vida hasta sus últimas consecuencias. Bebedor, mujeriego, buen amigo, dotado de un sentido del humor, del sarcasmo y la ironía que harían, sin duda las delicias de sus contemporáneos, de aquellos que se atrevieron a conocerle y, fundamentalmente de aquellos a quienes él dejó adentrase por entre los pliegues de su personalidad.

Con estas líneas, con este breve trabajo, en absoluto pretendo confirmar ni disculpar la personalidad de Siles. Tampoco busco una crítica a su obra, pues poco entiendo de literatura. Como tantas veces otros tantos han hecho, pretendo únicamente abrir una ventana al pasado que nos permita descubrir perlas que teníamos ocultas. Quisiera pensar, ojalá así ocurra, que un día alguien con más formación, medios y preparación, pueda y quiera acometer el rescate íntegro y digno de la figura del escritor. Me daré por satisfecho si estas líneas sirven a modo del extremo de un hilo imaginario del que ese alguien, algún día, tire. Terminamos con el remate que hace Agustín Aguilar y Cano al biografiarlo:

Siles era un escritor elegante y delicadísimo, todo ternura, todo sentimiento, todo corazón, digno de haber ocupado uno de los lugares preferentes en el Parnaso español, lugar al que no llegó sin duda por contrariedades del destino, quedando en esa desesperante medianía que arrebata todas las ilusiones a los hombres de valor”.

Amén.



Fuentes consultadas:


  • Córdoba Contemporánea. Rodolfo Gil Fernández. 1892.
  • El Aviso, director Baldomero Giménez Luque. Varios números.
  • Episodios Locales Pontanos, Col. Anzur, volumen XXV, “Literatura Pontana, Sigo XIX, Tomo I”. José Segundo Jiménez Rodríguez.
  • El Libro de Puente Jenil. Antonio Aguilar y Cano. 1894.
  • Biblioteca Virtual de Prensa Histórica. Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.
  • Biblioteca Virtual de Andalucía.
  • Libros publicados. José Siles y Varela.
  • Revista El Pontón. Órgano de difusión de la Asociación Amigos de Puente Genil, núm. 180, octubre 2002.
  • Revista Prometeo. Madrid. núm. 9, julio 1909.
  • Editorial Ganso y Pulpo.
  • Registro Civil de Madrid.
  • El cuento español en el siglo XIX. Mariano Baquero Goyanes. CSIC Revista de Filología Española 1949.
  • Gregorio Pueyo (1860-1913): librero y editor. Miguel Ángel Buil Pueyo. Editorial CSIC. 2010.
  • Revista de El Colegio de San Luis • Nueva época • año I, número 2 • julio-diciembre 2011 • Emilio Carrere, Gregorio Pueyo, cinco poetas mexicanos y una antología de 1906 • Juan Pascual Gay
  • AIH. Actas IV (1971). Noticia de la primera antología del modernismo hispánico. José María Martínez Cachero. Centro Virtual Cervantes. 

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