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domingo, 3 de mayo de 2020

Las figuras bíblicas: paseando por la historia


Una de las señas incuestionables, no solo de la Semana Santa pontanensa, sino del mismo Puente Genil, es la existencia de las figuras bíblicas. Personajes de la historia y la tradición sagrada, símbolos y alegorías, desfilan por las calles de la Puente en un cortejo colorido y alegre y, al mismo tiempo, –bendita paradoja– solemne y formal. 


Y, sin embargo, la supervivencia de las figuras es poco menos que un milagro; una prueba palpable del peso de la tradición en los corazones y en las vidas de las personas. Contra las prohibiciones y la adversidad, el respeto a las costumbres; frente a la incomprensión, la certeza de lo que supone en la formación integral de la persona en quienes –héroes–convirtieron a nuestro pueblo, en palabras de don Juan Ortega Chacón, en un “Puente Genil desobediente”.


Por mor de su lucha incuestionable, más de cuatrocientos personajes del ayer se adueñan por unos días de las calles y alma de este pueblo de inmenso corazón.




Homenaje a un maestro


Portada de la revista El Pontón nº 199, junio 2004
José Segundo Jiménez Rodríguez, junto algunas de sus obras.

Autor: Javier Velasco Carvajal
La información contenida en el presente trabajo es una recopilación más o menos ordenada, de varias publicaciones de don José Segundo Jiménez Rodríguez, otro de los grandes que se nos fue sin que Puente Genil le testimoniase –como sin duda mereció– reconocimiento y gratitud. Y ello, por su entrega incuestionable a la cultura, a la historia, a las costumbres y la formación de nuestro pueblo. Para nuestra vergüenza colectiva, dieciséis años después de su fallecimiento, ninguna corporación municipal ni partido político alguno, ha planteado honrar su memoria –que es la de todos– con un espacio público, evento, o continuando su maravillosa Editorial Anzur, a modo de ejemplo para generaciones presentes y futuras.


La labor desarrollada por el profesor y maestro, por el cronista y pregonero, por el manantero, el escritor, por el estudioso y el loador, por el poeta e investigador don José Segundo Jiménez Rodríguez, se acrecienta a medida que pasan los años. Sirva este breve trabajo a modo de divulgación de su trabajo y como muestra de una admiración sin límites.



Aparición de las figuras


Los Evangelistas
Las figuras bíblicas se nos aparecen por vez primera en el año 1660. Es posible que surgiesen con anterioridad, pues lo hacen a consecuencia de las disposiciones aprobadas en el Concilio de Trento (1545-1563), en cuyo Decreto “Sobre la invocación, veneración y reliquias de los santos, y de las sagradas imágenes” se recoge la función de las imágenes como forma de instruir por medio de ellas, así como la posibilidad de los fieles de imitar o representar a los santos. Sin embargo, y aunque dejamos la puerta abierta a su existencia previa, los primeros documentos escritos que nos hablan de ellas provienen de la Cofradía de JesúsNazareno, y a ellos debemos remitirnos.


Son los Fariseos (sin continuidad en nuestros días) los primeros en dibujarse en la memoria de nuestra Semana Santa; en 1661 vendrán los Evangelistas, y los Apóstoles en 1662. A lo largo del siglo y medio siguiente, excepto en los años en los que la celebración de la Pasión se tornaba imposible –fuese por los decretales, o por la dureza de los tiempos– surgirán incesantemente nuevas y originales figuras.


Sin embargo, y prácticamente desde su misma aparición, desde el mismo origen de las figuras, y paralela a la extraordinaria acogida que encuentran en el pueblo llano, nos encontramos con el desprecio, con la no aceptación por parte de las ramas y expresiones más estrictas de la Iglesia. Así ocurre, por ejemplo, con la Escuela de Cristo, institución católica fundada en Madrid 1653 para la mejora de la vida cristiana de sus miembros. En la Puente de don Gonzalo se fundó en la ermita del Dulce Nombre en el año 1673, consecuencia de una visita que el año anterior había girado a la villa una misión de religiosos descalzos que aconsejaron fundar dicha Escuela. En la Junta de Ancianos del 30 de junio de 1712, vemos ya que excluían de la misma, no sólo a quienes practicasen el juego de pelota, sino a todo aquel que en las procesiones usare cabellera (obviamente, se refiere a quien procesionase lo que hoy son nuestras figuras), capirote o “traje profano”.


Es muy interesante la reflexión –que comparto absolutamente– del profesor Jiménez Rodríguez respecto a las relaciones de la Iglesia con la forma pontana de expresión de la Semana Santa. Se refiere don José Segundo a que la autoridad eclesiástica ha dejado pasar durante siglos la oportunidad de comprender (y, por lo tanto, de encauzar) la manera en la que los hombres de aquella Puente de don Gonzalo entendían la Semana Santa, lo que –ya por entonces– era su forma tradicional de expresarla, vivirla y sentirla. Lejos de procurar su entendimiento, lejos de subsumirse en ella y navegar en el mismo mar que su rebaño, la atacó indolentemente durante siglos a través de los decretos.


Así, nos encontramos con el firmado el día 22 de febrero de 1715, el del obispo de Córdoba, el mercedario don Francisco Solís Hervás (obispo entre 1714 y 1716), en la que, recogiendo las noticias que le llegan sobre determinados excesos, nos dice que…

“Por cuanto a nuestra noticia ha llegado que en las procesiones que se hacen en la villa de Puente D. Gonzalo de este nuestro obispado, los viernes de cuaresma y toda la semana en memoria y reverencia de la Pasión de Nuestro Redentor Jesucristo, con ocasión de ir los hermanos y cofrades que componen dichas procesiones vestidos de túnicas, cubierto el rostro, especialmente algunos mozos de corta edad, que sirven más de irrisión que de edificante a los demás, y cometen otros desórdenes como el de vestir los hermanos las albas que sirven y están dedicadas al culto Divino, y con ellas suelen hacer algunas operaciones indecentes y, asimismo, el que antes y después de dichas procesiones comen y beben en las ermitas y lugares sagrados, […] mandamos en virtud de santa obediencia y pena de excomunión […] a todas las personas de cualquier grado, condición y calidad que sea que hayan de asistir los referidos días de cuaresma y Semana Santa a las procesiones que en adelante se celebren en la dicha Villa de la Puente D. Gonzalo, llevaren el rostro descubierto, sin capillo ni velo, ni otra cosa alguna, y que no concurran en ella con penitencia de disciplina y cruces, mozos que no pasen de veinte años, y que los hermanos no vistan albas, ni los ministros de las iglesias se las den para semejantes funciones, y que ni antes ni después coman ni beban en las ermitas y lugares sagrados dedicados a Dios […]”.


Es curioso constatar, a raíz de la lectura del decreto, que las subidas de Cuaresma (no sabemos si a la desaparecida ermita del Calvario, o a la de Jesús Nazareno) se llevaban a cabo los viernes, y que “los primeros cuarteles de Semana Santa”, allí donde los hermanos y cofrades se reunían para comer y beber con ocasión de las procesiones, eran entonces las propias ermitas. Cien años más tarde (en 1816 el Vicario Palma nos informará de ello) la Vía Sacra seguirá saliendo todos los viernes de cuaresma. Desde luego, si desde el sillón del obispo no se llegaban a entender estas manifestaciones, los hombres de iglesia de la villa sí lo hacían, pues son ellos precisamente quienes facilitaban las albas. Es hermoso pensar, por otro lado, que el obispo, cuando se refiere a que los mozos jóvenes vestían con túnicas (sirviendo “de irrisión”) está aludiendo, quizás, a las primeras túnicas de rebateo. 


Poco efecto debió surtir el decreto obispal, pues en el libro de la Cofradía de Jesús Nazareno, en las cuentas de la Semana Santa de 1721, se insiste en la compra de vino dulce, vino tinto, pescado, etc. para los soldados, cuadrilleros, verdugos… La Cofradía de Jesús, a resultas de ello, en 1730 resultó amonestada por el Visitador, bajo amenaza al Hermano Mayor (léase Cofrade Mayor) con pena de cincuenta ducados y excomunión. 


A finales de aquella misma década de 1730, hubo algunos años en los que, por motivo de enfermedades, epidemias o malas cosechas, no pudo celebrarse la Semana Santa, lo que –unido a las reticencias, obstáculos y dificultades que Iglesia oponía– hizo que bastantes figuras se perdiesen en el tiempo.


Pero tampoco quisiera que nos llevemos a engaño y nos formemos una visión errónea del actuar por parte de la autoridad eclesiástica. Fueron los hombres de iglesia quienes velaron por el correcto cumplimiento de las órdenes y mandatos del obispo, y respetaron y participaron de nuestras costumbres y tradiciones, siempre y cuando no cayesen en lo grosero. Y ahí es donde los clérigos y presbíteros de la villa aplicaron su magisterio. Fueron ellos quienes, con su mejor voluntad, con su ejemplo e indicaciones, contribuyeron a que la Semana Santa se alejase de lo profano y soez; quienes velaron para que todas las manifestaciones de fe se alejasen del pecado y la grosería. Y ese magisterio de fe, y ese acompañamiento dulce –duro e implacable, si era necesario– contribuyó de igual manera a la pervivencia de las figuras bíblicas, pues sin un sustento de fe y respeto, sin unos cimientos firmes, sin un conocimiento serio de qué representa vestir, “revivir” a un personaje de la historia sagrada, estoy convencido de que, con el correr de los años, nuestras figuras se habrían borrado de la historia, como volutas de humo en el aire.


Por el año 1780, el Viernes Santo se celebraban dos sermones, uno muy temprano, al amanecer (llamado el sermón de la Pasión) y otro en la calle, “en la plaza nueva” (el sermón del Paso). Por aquellas mismas décadas encontramos una carta de un sacerdote de la villa al Vicario General, en la que le comunicaba la conveniencia de que las procesiones acabasen antes de que llegase la noche. Basaba su preocupación en que había tenido la oportunidad de oír en confesión “culpas de adulterio, estupros y demás especies que, con el pretexto de ver las procesiones y oír el sermón, han tenido ocasión para cometerlas, profanando la ley eterna de Dios y los días que nos anuncian los más terribles y santos misterios”. No podemos exigir, no ya a un sacerdote, sino a cualquiera que vele por la santidad de las procesiones de Semana Santa, que permanezca indiferente ante tales escándalos.


Las figuras se representaban entonces con túnicas y mantillas de colores, con franjas doradas y plateadas, rostrillos con cartelas en la frente para indicar el personaje representado y, en lugar de cabelleras, cerros de cáñamo. Los Apóstoles y los Evangelistas iban todos con la misma vestimenta; procesionaban, además, soldados con su capitán al frente, Adán y Eva, los ladrones, la Justicia y la Misericordia, Abraham con el carnero, discípulos, ángeles, sayones, viudas… y los nazarenos con túnica, capillo y las caras cubiertas.


No conforme con las figuras, viendo además en ellas resquicios carnavalescos, irrespetuosos e, incluso matices de superstición, continuarán los distintos obispos de Córdoba, a través de sus decretos, procurando la desaparición de las figuras. Así lo hará el obispo Cebrián en 1744 (que lo fue entre 1742 y 1752), permitiendo las imágenes de bulto, pero proscribiendo las representaciones en vivo. 


Es una constante que vuelve a repetirse en el Decreto del obispo de Córdoba Agustín Ayestarán y Landa el 2 de abril de 1800: 


Cruz de Ayestarán (1803) en tiempos de los ermitaños.
Al fondo, junto a la cruz, "el sillón del obispo" 
mandado construir por Trevilla
"Entre otros desórdenes que se notan en las procesiones que por la Semana Santa se hacen en esta villa, se me ha dado noticia de varios abusos introducidos en ellas, como son las representaciones de los Profetas, Apóstoles, Evangelistas y otros personajes ridiculizantes, figurados para significar a los sayones y al traidor Judas; todo lo cual, además de impedir la devoción a las Santas Imágenes, y piadosa meditación de los pasos que representan, es causa de mil embriagueces, infracciones del ayuno y otros males de no poco pequeño escándalo.

En efecto, son demasiado graves para dejar de prevenir a Vd., como le prevengo, de que poniéndose de acuerdo con el Señor Corregidor de esa, y conformándose con lo establecido y mandado por las Reales Órdenes y lo dispuesto por los Sinodales, trate seria y eficazmente de impedir todas esas representaciones de los Santos y demás personajes que se figuran con tanta irrisión, haciendo entender a las hermandades se abstengan de sacarlas en sus Procesiones, como tan impropias y ajenas al decoro y majestad de la religión, que tanto se interesa en la decencia y honor que corresponde a las Sagradas efigies, sin necesidad de suponer nuevos objetos que, lejos de conducir a la verdadera devoción, solo sirven para excitar la curiosidad, distraer a los fieles, conmover al Pueblo, y reunirlo en excesivos concursos, con tanto perjuicio y detrimento de las conciencias. Y Vd., por ningún pretexto, permitirá ni consentirá que se haga uso de las vestiduras sagradas destinadas a la solemnidad del culto divino para fines tan profanos, como los de representar con las albas, cíngulos, estolas y capas pluviales, a Caifás, Anás y Pilatos: insistiendo con eficacia en proveer de todos los medios más oportunos a fin de evitar los desórdenes y excesos que produce el mucho concurso, y que se cometen entre el bullicio y confusión de personas de ambos sexos en los patios y cuartos inmediatos a la ermita de la Caridad con ocasión de los ejercicios que en ella se practican de las tres horas, donde se me asegura ser muy visible los delitos y muy fatales las consecuencias".


El 5 de abril de 1800 el vicario de la villa, Cristóbal de Reina Trejo puso el anterior escrito en conocimiento del notario, pidiéndole que le acompañase a ver al juez de la villa, Juan Antonio de la Plaza, para leérselo, quedando a su cargo compartirla con los cofrades y dar a la parroquia y ermitas las providencias necesarias para que dicha orden se llevare efecto.

Cuatro días más tarde, el 9 de abril, don Cristóbal contesta al obispo que se han cumplido sus instrucciones tanto en la parroquia, como en las ermitas y en los dos conventos, habiendo instruido en ese sentido a los cofrades de las procesiones.


Pero no debió dejar muy convencido al obispo esa carta del vicario de la villa, porque el 10 de marzo de 1801 éste recibió una nueva orden del Vicario General del Obispado, Manuel Espejo y Piñar, instándole a prohibir cualquier procesión que no contase con el permiso del obispado. Para ello tendría que remitir un informe sobre sobre su forma de procesionar, su modestia, o los desórdenes que provocaren, así como “si en ellas se representa la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo por imágenes, Pasos de bulto, o si la representación es más al vivo”. Sin embargo, el 31 de marzo Manuel Espejo autoriza la celebración de la Semana Santa.


Quisiera detenerme, siquiera un momento, en la persona del vicario don Cristóbal Reina Trejo (en su tiempo Trexo), por quien siento un sincero afecto y profundo cariño. Había nacido en 1730 en Puente don Gonzalo, hijo del montillano Dionisio Antonio Bautista Reina de los Reyes (escribano público) y la lucentina Catalina Juana Ruperta de Nebrija y Trejo (ambos, padre y madre, vecinos de la Puente, donde habían contraído matrimonio en 1725). Tuvo un hermano de nombre Joseph Nicolás, de quien parte en Puente Genil toda la descendencia de apellido Reina. Amparó y tuteló a un chiquillo, recadero de los frailes en el convento de la Victoria, haciendo posible su ingreso en la orden de los Mínimos. Este rapazuelo tomó los hábitos, siendo luego conocido como Fray Clavellina, quien llegaría a ser nombrado –rehusando esta responsabilidad– Prior General de su Orden. Cuando fue elegido Provincial, estando ya en Lucena, su convento de Puente Genil llevó a cabo un solemne y larguísimo repique de campanas, desde las nueve hasta la once de la mañana. Entre su ingreso en el convento de Puente Genil y su fallecimiento en Lucena en 1847, donde fundó el Colegio de Humanidades Santa Isabel (de quien era muy devoto, por una imagen que había en Los Frailes), una vida entera de santidad y entrega al prójimo.

Vivía don Cristóbal en la actual calle Angelita Martín Flores, siendo cura de la parroquia desde 1776, rector de la misma en 1778 y vicario entre 1779 y 1802, cuando falleció.

Fue él quien, a pesar de su lealtad, obediencia y rigurosidad, cada vez que tenía que informar al obispo sobre el estado de las celebraciones de Semana Santa en Puente d. Gonzalo, procuraba minimizar –cuando no ocultar– algunos pecadillos y excesos de aquellos hombres vestidos de figuras, suavizando de alguna manera la visión del obispo de la realidad pontana. No me cabe duda de que en el día a día, en el tú a tú, don Cristóbal exhortaba a sus parroquianos al estricto cumplimiento de los mandatos del obispo. Sin embargo, desde la comprensión de las actitudes de aquellos hombres buenos, cristianos y honrados en su inmensa mayoría, hombres que amaban a su Semana Santa y sus tradiciones, cimentadas sobre un sentido profundo de la fe y la religión, contribuyó enormemente a la pervivencia de los desfiles de figuras durante casi un siglo, haciendo posible su llegada hasta nuestros días. Es motivo de orgullo sincero, comprobar cómo los ecos, las actitudes y el comportamiento, la forma de ser y de ofrecerse a los demás de un solo hombre, o de un puñado de ellos (pues no sería don Cristóbal el único hombre de Iglesia que comulgó con nuestras tradiciones), tiene aún su reflejo en nuestros días, doscientos y pico años después de su muerte.


Un ejemplo más de la honestidad del vicario don Cristóbal, lo encontramos en la correspondencia que mantuvo con el duque de Medinaceli. A finales del XVIII se estaban acometiendo obras de reforma, pagadas por la casa ducal, en la parroquia de Nuestra Señora de la Purificación, cuyo estado, debido al abandono en que los señores la tenían sumida, era deplorable. Opinaba el vicario que las obras que estaban siendo dirigidas por el maestro Antonio Román, no se ejecutaban de la manera correcta, por lo que le quitó las llaves, cesaron las reformas y escribió una deliciosa carta al señor duque diciéndole, entre otras lindezas, que “tiene su Excelencia en este pueblo una iglesia como un molino, y un molino como una iglesia”. Se refería el bueno de don Cristóbal al excelente, amplio y saneado molino (aún en pie en los Llanos de la Piedad, junto a la cuesta del Molino) y al lamentable estado en el que se encontraba la parroquia.

Seguimos con nuestro relato


Más que una defensa de los hombres y mujeres de aquel lejano Puente Genil, veo una reacción del vicario Juan Francisco de Palma (sucesor de don Cristóbal Reina) a las murmuraciones, denuncias anónimas y malintencionadas, que siempre las hay. Me refiero con ello a la denuncia que Francisco Blázquez envió al obispo el 13 de junio de 1806, en la que le informa sobre unos rosarios que se estaban haciendo a las once de la noche, en los que se mezclaban hombres y mujeres. Aquel rosario, decía Blázquez, finalizaba a las dos de la madrugada e, incluso, hasta que se hacía de día. Frente a ello el vicario de las iglesias de Puente Genil informa al obispo de que es cierto…


“que en esta villa salen dos rosarios de hombres todas las noches tocadas las ánimas, el uno de la parroquia, y el otro de la ermita de la Concepción, y éstos, de inmemorial tiempo, hacen novenario los siguientes días desde el primero de mayo, y el otro desde Pascua de Espíritu Santo a la ermita de Jesús Nazareno, extramuros de esta villa, […] volviéndose a sus iglesias inmediatamente que cantan el miserere a Dios Nuestro Señor, ocupándose en esta rogativa una hora a corta distancia”.


Y dirá, además, que se hacen sin escándalo y con mucha devoción. Como curiosidad, encontramos de nuevo en esta carta una llamada, una pista, una posible alusión a los antecedentes e inicios de las actuales subidas cuaresmales.


Al año siguiente, el 30 de marzo de 1802 autorizan de nuevo los desfiles, siempre que cada procesión sea precedida de la Cruz Parroquial y que se desfile con compostura y modestia, pero se prohíben “las ridiculeces y figuras extrañas, que una piedad mal entendida, un fervor muy indiscreto y una ignorancia muy crasa, ha solido introducir en semejantes funciones contra el espíritu de la Iglesia […]”. Se proscriben asimismo los azotados, aspados, empalados o el desfilar con la cara cubierta, y se añaden una serie de prevenciones para evitar escándalos y desórdenes, como que las cofradías que salieran por la mañana lo hiciesen después de haber salido el sol y que las que desfilaren por la tarde, acaben sus recorridos antes de caer la noche.

En años posteriores las figuras siguen saliendo a la calle, pero para 1804 el Vicario General, Manuel Espejo, insiste en no autorizar el desfile “de ningún paso de la Pasión que se intente representar por personas al vivo con mascarillas, cabelleras, u otro trae alguno; lo que absolutamente prohibimos a pesar de cualesquiera costumbre y práctica que para ello se alegue […]”.


En 1808 la memoria del obispo Pedro Antonio de Trevilla (obispo entre 1805 y 1832), firmada en la Puente de don Gonzalo (por su “Santa Pastoral Visita”) el 14 de enero de 1808 nos dice que 
“de ninguna manera puede consentirse que los símbolos de ellas se coloquen en hombres, muchachos y niñas que, por sus caracteres y cualidades personales, atraen la atención e quien los ira, debilitan y confunden la alusión que momentáneamente tienen, y no puede resultar una sólida devoción en los individuos del pueblo, ni una seria ni útil atención a los objetos que presentan […]. Por tanto […] debemos mandar omitir, como mandamos y prohibimos, todos los pasos representados por hombres, mujeres y niños, debiendo solo quedar los delas imágenes sagradas […].”
Sillón del Obispo, en las ermitas, construido por Trevilla 
para la contemplación del valle del Guadalquivir y la campiña


El vicario Juan Francisco de Palma optará por unir sus fuerzas a las del poder civil, por lo que en unión del Corregidor irá consiguiendo pequeños logros en años sucesivos para el cumplimiento de los decretales. En 1815 tenemos noticias de que, en la misa del Domingo de Ramos, a la que asistió el Corregidor, el Ayuntamiento y “numeroso pueblo”, les recriminó la actitud de determinadas conductas durante la Semana Santa, advirtiéndoles de “cuantos males nos podría acarrear una obstinación en desobedecer el decreto”. El mismo corregidor emitió un edicto en idéntico sentido, que fue puesto en las esquinas previniendo a todos para que guardasen la compostura y modestia en las procesiones. A raíz de ello, el vicario informó de que en aquel 1814 las procesiones habían salido con total normalidad, pero con más seriedad y silencio, habiendo logrado que ningún “enmascarado” entrase en la parroquia. También en 1816 salieron las figuras y procesiones con normalidad, si bien se incorporaron las de los apóstoles, que llevarían unos veinte años sin procesionar.


Advierte Jiménez Rodríguez, que es posible que en ese tiempo las figuras se hubieran separado ya del tronco común de las cofradías -que estaban languideciendo- (“de treinta años a esta parte, las Cofradías no pueden reputarse como tales”, había dicho el Vicario Palma en 1809), organizándose en grupos independientes, aunque sometidos a las presiones de los decretos y sus prohibiciones. No podemos asegurar la realidad de tal aseveración, que don José Segundo también formula a modo de conjetura, pero es una posibilidad que hemos de tener en cuenta.


En 1817, tras la intervención de la Real Chancillería de Granada, se consigue lo que tanto anhelaban: “Las procesiones de Semana Santa se verificaron en este pueblo sin figuras ni máscaras”. Es, posiblemente, el comienzo de un período oscuro de nuestra historia en el que las figuras bíblicas son relegadas al ostracismo. 


Obispo Pedro Antonio de Trevilla
Y es en este estado de cosas en el que la pervivencia de las figuras se antoja complicada, cuando llegamos al año 1820 y, con él, al definitivo decreto del obispo Pedro Antonio de Trevilla. En la misma línea de sus predecesores, pero esta vez contando con el apoyo incondicional del Consejo Supremo de Castilla, que el 18 de febrero de aquel mismo año emitió un decreto para los miembros de justicia de todas las ciudades del reino ordenándoles el auxilio a los obispos en el asunto de las procesiones de Semana Santa. Fruto de ello es el un reglamento compuesto por veinte artículos, en el que se proscriben definitivamente las figuras; se reducen las procesiones de Semana Santa exclusivamente al Viernes Santo; se prohíbe el uso del palio y exhorta a vestir a las imágenes con recato, modestia y austeridad. Se prohíbe el uso de túnicas y ordena la presencia del clero, debiendo ir cantando el miserere durante todo el recorrido, y una serie de medidas que cambiarían, en toda la provincia y para siempre, la configuración tradicional de la Semana Santa.


Desconocemos los años durante los cuales no desfilaron las figuras, pero es lo cierto que los hubo. Quizás se fueron alternando períodos de surgimiento y desaparición de lo que luego, en la década de 1870, Aguilar y Cano y Pérez de Siles llamarán “comparsas”. Los insignes historiadores se refieren a ellas como una realidad que viene de antiguo, que están plenamente asentadas (independientemente de que se muestran partidarios de su desaparición), lo que nos da una pista sobre la más o menos continua pervivencia de las figuras que, de una otra manera, siempre se han mantenido constantes o, al menos, con una presencia latente en Puente Genil, gracias a lo que el profesor Juan Ortega Chacón -y enlazo de nuevo con el inicio de este trabajo- denomina el “Puente Genil desobediente”.



A modo de conclusión


José Segundo Jiménez Rodríguez,
en Los Mosquitos, mayo 1995
Puente Genil ha sabido mantener e impulsar las figuras bíblicas como manifestación personal de fe y de respeto a la tradición. Pero no sólo eso, a su alrededor ha construido todo un mundo, el universo de las corporaciones bíblicas. Son ellas el elemento diferenciador de nuestra Semana Santa; es de ahí de donde surge también el Imperio Romano y lo que hemos llamado la música autóctona de Puente Genil. Es de ahí de donde parten hoy –en gran medida– las celebraciones de las cabalgatas de Reyes Magos, o las Cruces de Mayo, o las grandes campañas solidarias en beneficio de los más desfavorecidos. Es de ahí, de esas corporaciones aglutinadas en torno a las figuras, de donde han surgido multitud de libros y revistas culturales, recopilaciones de músicas y cantos corales, de donde han manado elementos de expresión como la saeta cuartelera, o movimientos de restauración y protección del patrimonio cultural. Es de ahí de donde parten esas escuelas de vida, de compromiso y convivencia entre generaciones, llamadas cuarteles de Semana Santa.


A pesar de los múltiples ataques y provocaciones que sufre el mundo de la Semana Santa, y con él las figuras bíblicas, y las corporaciones, y las cofradías, gracias al convencimiento de que lo que estamos haciendo es bueno –igual que era bueno lo que hacían nuestros paisanos de los siglos XVII a XX–, nuestros hijos y nietos podrán sentir y estremecerse con las mismas sensaciones que en Puente Genil llevamos emocionándonos más de cuatrocientos años.






Fuentes:
  • Miradas del pasado, Cristóbal Reina y Trexo (Lorenzo Reina Reina). El Pontón núm. 361 abril 2019.
  • Fray Clavellina (Rafael Bedmar López). El Pontón núm. 225 noviembre 2006.
  • Portada (Antonio Illanes Velasco). El Pontón núm. 25 septiembre 1988.
  • Antropología Cultural de Puente Genil I. La Corporación: El Imperio Romano (colección Anzur, volumen XIV, Puente Genil, 1981). José Segundo Jiménez Rodríguez.
  • Antropología Cultural de Puente Genil II (1ª parte). La Cofradía de Jesús Nazareno (colección Anzur, volumen XXII, Puente Genil, 1986). José Segundo Jiménez Rodríguez.
  • Antropología Cultural de Puente Genil II (2ª parte). La Corporación: El Apostolado (colección Anzur, volumen XXIII, Puente Genil, 1987). José Segundo Jiménez Rodríguez.
  • Puente Genil siglo XIX 1800-1834 (colección Anzur, volumen XIX, Puente Genil 1985). José Segundo Jiménez Rodríguez.
  • Aproximación histórica y perfil antropológico. Juan Ortega Chacón. Corporación bíblica Judith y la Degollación de San Juan Bautista, Poesía e Historia (1890-2015). Diputación de Córdoba (depósito legal CO 395-2015).
  • Referencias en internet:
    • http://wikipedia.org
    • http://notascordobesas.blogspot.com/
    • https://losevangelistas.com/

domingo, 22 de marzo de 2020

La familia Montilla Manibog, de Filipinas


Recorriendo la vida en sentido inverso, hay ocasiones en las que somos capaces de llegar al comienzo de algo.  Nosotros nos encontramos en una realidad, en un determinado estado de cosas, que han llegado a ser lo que son porque alguien, en algún momento de la historia, dio un paso en un sentido determinado. Ese primer paso, como en el cuento que pasamos a contar, es el primer paso de una  nueva vida, de una historia familiar que arranca en Puente Genil, cuyas ramificaciones llegan hoy a lejanísimos rincones.

El territorio de las Filipinas estuvo gobernado por el Virreinato de Nueva España desde 1565 hasta la independencia de México (desde donde se administraban las islas) en 1821. Es a partir de ese año cuando pasaron a ser administradas desde Madrid, constituyendo desde entonces una capitanía general aislada hasta 1898, subsistiendo hasta 1899 con los archipiélagos de las Carolinas, Marianas y Palaos. 

En este estado de cosas, la familia Montilla de Puente Genil tuvo presencia e intereses comerciales, sociales y políticos en Filipinas desde mediados del siglo XIX. Baste recordar a Manuel Montilla Melgar (Puente Genil 1816 - Zamboanga, Mindanao, 1864), o a su hija, la insigne Sofía Montilla (1851 - ¿1902?), de quien ya hablamos en este cuaderno y cuya apasionante vida invito a descubrir. Siendo Comisario de Fomento del Gobierno político y militar de la isla de Mindanao y sus adyacentes (plaza creada por R. D. de 30 de junio de 1860), Manuel Montilla Melgar fue autor de un cuaderno titulado Apuntes acerca de Manila y Zamboanga, que puede consultarse en este enlace. Fue designado para ejercer su responsabilidad en las Filipinas en virtud de R. O. de 27 de diciembre de 1860, con un haber anual de 2.000 pesos, embarcando en el puerto de Cádiz a bordo de la fragata "Cervantes" con destino Manila, el 15 de abril de 1861. Falleció en el ejercicio de sus funciones el 11 de mayo de 1864, siendo pensionada su viuda con una cuarta parte del haber de su marido, es decir, con quinientos pesos anuales. Ambos habían contraído matrimonio el 5 de abril de 1841, siendo padres de María (2 de mayo 1842), Agustín (30 de mayo 1845) Carlos (1 de octubre 1849), Carolina (21 de abril 1852), Sofía (7 de octubre 1855) Manuel (17 de enero 1857), Eduardo (1 de abril 1859).

Carlos Montilla Fernández
Priscila Albano
Nos referiremos en esta ocasión a Carlos Montilla Fernández, hijo de Mariano Montilla Melgar (1817-1886) y Josefa Fernández, y sobrino del Gobernador Manuel Montilla Melgar (1816-1864).  Aunque no tengamos certeza, podemos imaginar que Carlos Montilla dejó Puente Genil por motivos comerciales, marchando a Filipinas en un momento determinado y asentándose en Laoag, capital de la región de Ilocos Norte.  En 1883 lo encontramos aún en  las listas del Casino Liceo como socio nº 61, con domicilio en Puente Genil en la calle Madre de Dios, por lo que pudo partir a las islas en la década de 1890. Allí contrajo matrimonio con Priscila Albano, una de las grandes herederas tabacaleras de finales del XIX y comienzos del XX. Priscila era tía de Josefa Albano Edralin, la madre del presidente Ferdinan Marcos.

De este matrimonio nacería el 1 de septiembre de 1899 Adela Montilla Albano; Luis (o Antonio Luis), que fue director de la Biblioteca Nacional; Daniel; Antonio; Enrique y Salvación (la benjamina, nacida en 1901). Muy someramente nos referiremos a las dos hermanas.


Familia Montilla de Laoag, Ilocos Norte, sept.1918
Sentado Luis Albano Montilla, Director of the National Library.
En pie y de izda. a derecha Adela Montilla Manibog, Daniel Albano y Salvación Montilla Rodríguez
Los Montillas de Laoag, Ilocos Norte
Sentado Antonio Albano Montilla. En pie y de izquierda a derecha Adela Montilla Manibog, Enrique Albano Montilla y Salvación Montilla Rodríguez
Venancio y Salvación en 1927
Salvación se casó con Venancio Rodríguez en 1927 en San Marcelino, provincia de Zambales, Filipinas. Venancio conoció a la que sería su esposa, que por entonces trabajaba en el colegio Santa Isabel, en Manila, cuando fue a visitar a sus hermanas a su regreso de la universidad de Michigan. Ese Colegio Santa Isabel, fundado en 1632 fue totalmente destruido durante la Segunda Guerra Mundial, pero reedificado posteriormente y cambiando el nombre al actual de Santa Isabel College.

Adela Montilla Manibog, abril 1918

Adela contrajo matrimonio con Gonzalo Manibog (1887-1954), incorporando así a sus apellidos el de su marido, y llamándose a partir de entonces Adela Montilla Manibog. 
A quienes han estudiado en un college y luego en una law school y quieren ejercer la abogacía en los Estados Unidos, se les exige superar el Bar Exam (John John Kennedy tuvo que presentarse tres veces para aprobarlo). Pues bien, Gonzalo Manibog fue el primer filipino-estadunidense en superar dicho examen. Gonzalo y Adela tuvieron 7 hijos: Benjamin (1924-2006), Esther, Gonzalo Monty (1930-2016); Priscilla; Pat, Adele (en la década de 1960 estuvo en Puente Genil con su hija Paquita, buscando los orígenes familiares) y Francine. 


Sobre Gonzalo Monty Manibog (hijo de Adela y Gonzalo) podemos contar muchas cosas: fue el primer asiático-estadounidense en ser elegido alcalde una ciudad metropolitana de los Estados Unidos, alcalde de Monterey Park, California; campeón nacional filipino de lucha libre y gimnasia (con dos medallas de oro nacionales durante su residencia de 5 años en la Universidad de Filipinas), "Atleta del Año" dos años consecutivos mientras estudiaba en la Universidad de Filipinas; luchador en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952 y medallista de oro 3 años consecutivos en los Juegos Olímpicos de California en la década de 1990
Gonzalo Monty Manibog
(celebrado en La Alhambra, California). En los Juegos Olímpicos mayores la edad mínima de los competidores es de 50 años, pues bien, Monty logró el oro a los 63, 64 y 65 años, derrotando a entrenadores experimentados de lucha secundaria y universidad y ex campeones nacionales universitarios. Fue profesor en la Escuela de Derecho de la Universidad Van Norman en Los Ángeles. Tuvo seis hijos: G. Monty Manibog Jr (presentador de noticias de Fox Fresno Station KMPH); Lisa Manibog Lew Brennan (8 veces ganadora de un premio Emmy productora de televisión); Ricardo Manibog; Lana Manibog (propietaria de Carte Blanche Teeth Whitening y Diseño ocasional de arte); Dean Manibog (propietario de IT Company); y Darren Manibog (abogado).

Sobre la tumba de Adela, en Los Ángeles (California) sus hijos colocaron una lápida con el siguiente texto en inglés:
Mamá, nos diste la vida, nos enseñaste valores cristianos; nos cuidaste, oraste por nosotros y nos dedicó tu vida; estarás en nuestros corazones y mentes -que Dios te mantenga en su abrazo amoroso- hasta que nos volvamos a encontrar - te amamos - tus hijos Ben, Esther, Monty, Priscila, Pat, Adele and Francine.


Quede a modo de recordatorio breve y cariñoso, que hay familias y pueblos a lo largo del mundo que llevan la sangre de Puente Genil en sus venas; que sus orígenes están también junto a los nuestros y que existe un hilo invisible que une a todos los hijos de esta tierra, donde sea que se encuentren.



viernes, 17 de enero de 2020

Ramiro de Barnuevo en un documento de los PP. Mínimos de 1631


Sabemos que allá por el año de 1615 andaban por Puente Genil, entonces Puente de Don Gonzalo, un grupo de padres de San Francisco de Paula procurando establecerse y fundar convento en la villa. 

A pesar de contar con el apoyo entusiasta de Dª Juana Enríquez de Ribera, marquesa de Priego y titular del señorío, el obispo de Córdoba se negó a conceder el preceptivo permiso para la fundación del convento de los Mínimos, por lo que se establecieron en el Callejón Bajo, en Miragenil, que por aquel entonces dependía de la jurisdicción de la vicaría de Estepa. Años más tarde lograron vencer la resistencia del obispo cordobés y pudieron instalarse en 1627 en la Puente de Don Gonzalo, en la ermita del Dulce Nombre. Allí permanecieron no más de un par de meses. Tras ser desalojados de ella por el obispo de Córdoba, compraron unas casas en la calle del Soto, junto a la ermita (actualmente zona de la calle Jesús y calle La Huerta), donde se instalaron y establecieron iglesia provisional. 

Poco después, en 1631 y huyendo de las crecidas del Genil, lograron al fin la deseada licencia (tanto del cabildo como del propio concejo) para trasladarse a la hoy desaparecida calle Reguera, sobre la que se edificó el actual convento. De esta manera sabemos que en 1631 la orden de los Mínimos estaban ya instalados en la calle Reguera, donde establecieron una iglesia provisional mientras construían la nueva (la que hoy conocemos), en la que se ofició misa por vez primera en el año 1682.

El documento que podemos ver más abajo nos demuestra que, a pesar de las dificultades por las que los padres franciscanos estaban atravesando en relación con la fundación de su convento en la Puente de Don Gonzalo, y a pesar de las duras condiciones e impedimentos que el obispado de Córdoba tenía hacia la orden, contaban sin embargo con importantes benefactores que hicieron posible la fundación de aquel primer convento pontanés. 

El pergamino está firmado, entre otros, por el Rvdo. P. Provincial Cristóbal Ortega y otorgado en Loja, donde se estaba celebrando Capítulo Definitorio, el 29 de septiembre de 1631. La fecha del documento y la celebración del Capítulo en Loja (convento fundado en 1559) no son una mera casualidad, pues la Regla por la que se rige la orden de los Mínimos establece que tanto los Capítulos Provinciales como los Definitorios debían celebrarse en torno a la fiesta de San Miguel Arcángel, 29 de septiembre. La tradición cuenta que San Francisco de Paula se apareció al Gran Capitán, precisamente en Loja, encontrándose éste en su lecho de muerte, cumpliendo así el santo la promesa que le hizo durante la conquista de Nápoles de volver a verlo antes que muriese.

En el documento se reconocen las decisivas aportaciones al convento por parte del capitán de infantería Ramiro de Barnuevo y Aguayo, familiar del Santo Oficio, y de su mujer Ana de Martos y Alfaro, por lo que se les reconoce el título de fundadores de la religión. 

Los historiadores Pérez de Siles y Aguilar y Cano en su Apuntes Históricos de la villa de Puente Genil (pág. 307 en su edición de 1874) nos hablan de un capitán de infantería y familiar del Santo Oficio (también alcaide de la villa de Carcabuey) llamado Ramiro de Barnuevo y Figueroa y de su mujer Ana Alfaro y Martos como fundadores de la capilla de San Francisco de Paula en la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria (Los Frailes), perteneciente al convento de estos padres Mínimos. Desconocemos si se trata de una equivocación por parte de los insignes historiadores, que erraron en el segundo apellido del capitán y alteraron el orden de los de su esposa, o si el error es atribuible al amanuense franciscano redactor del documento. Lo cierto es que en el mismo se reconoce como fundadores de la capilla de San Francisco de Paula a Ramiro de Barnuevo y Aguayo y a su esposa Ana de Martos y Alfaro, en evidente contradicción con la información de Pérez de Siles y de Aguilar y Cano.
Reproducimos a continuación el texto íntegro del inédito documento que por vez primera vez en casi cuatrocientos años vio la luz cuando lo publiqué en la revista El Pontón a finales de 2017, y que transcribo con fidelidad, respetando las grafías, ausencias de signos de puntuación y formas de la época:

AUNQUE ES VERDAD COMO dice S. Pablo que onmibus deutores fumus y en particular a los que nos ayudan faborecen y hacen bien con sus limosnas y buenas obras, con todo la recta razón dicta que tenemos mayores obligaciones a las personas nobles que no solo con comunes limosnas y buenas obras comúnmente nos benefician y ayudan sino con grandes singulares y particulares como son las que nuestro convento de recolection de Nuestro Padre San Francisco de Paula de la Villa de la Puente Don Gonzalo ha recibido y recibe de los nobles señores el Capittan Don Ramyro Barnuebo D. Aguayo y Doña Ana D Martos y Alfaro su muger. Los cuales no solo ordinariamente an acudido y favorecido al dcho nuestro convento siempre con sus comunes limosnas sino también aora nuevamente por particulares contratos y Escrituras que tenemos aprobadas y si necesario es nuebamente aprobamos an hecho donación de cincuenta ducados cada un año para siempre de renta a el dicho nuestro convento con título de fundación de y en particular de la Capilla de nuestro Glorioso Padre San Francisco de Paula y juntamente le an hecho otras limosnas. Por lo cual reconociendo estas obligaciones y deseando en cuanto nos es posible recompensarlas y satisfacerlas, no solo les hacemos participantes de todas las buenas obras de los Religiosos de el dicho nuestro convento sino de todas las de todos los de esta Orden como son sacrificios, Oraciones meditaciones predicaciones peregrinaciones abstinencias disciplinas mortificaciones y de todas las demás  penitencias = Sino también en remuneración de las singulares y particulares buenas obras que los dichos señores an hecho y hazen recibimos al dicho señor Cappitan Don Ramón Barnuevo y Aguayo entre los fundadores de nuestra sagrada religión y a la dicha señora Doña Ana de Martos y Alfaro entre las fundadoras y les concedemos y damos todos los Privilegios singulares que esta sagrada religión acostumbra conceder a los tales fundadores y fundadoras y todas las demás gracias a indultos concedidos por los summos Pontífices a los tales fundadores de la religión. Y así mismo desde aora para siempre recibimos por fundadores y fundadoras del dicho nro Convento y Capilla de nuestro Glorioso Padre en la dicha forma a las personas que los dichos señores nombraren por sus testamentos y últimas voluntades y les concedemos las mismas gracias y privilexios. En Fee de todo lo cual damos y despachamos este título estando celebrando nuestro capítulo definitorio en esta ciudad de Loxa en Veinte y nueve de settienbre de mil y seiszientos y treinta y un años firmado de nuestros nombres y sellado con el sello mayor de nuestro Offizio.

El convento de los padres Mínimos permaneció en Puente Genil hasta la exclaustración dictada en 1835 por José María Queipo de Llano, VII conde de Toreno por la que ordenaba la supresión de todos los conventos con menos de doce religiosos profesos (en el de Puente Genil residían en aquel momento tres frailes). Anteriormente ya se había suprimido esta comunidad en 1822, pero volvieron a instalarse solo un año después. La exclaustración de 1835 fue, sin embargo, definitiva.

lunes, 28 de octubre de 2019

La desaparecida ermita de Santa Catalina


No son muchos los datos que tenemos sobre la ermita de Santa Catalina, por lo que, a la espera de que nuevas y honestas investigaciones arrojen algo de luz sobre la misma, solo podemos decir que era –sin duda– una de las más antiguas de cuantas existieron en la villa. 


Antigua campana de la ermita 
de Sta. Catalina, hoy en El Palomar
La campana que remataba su campanario y que en 1982 se trasladó a la ermita de Santa Ana en El Palomar, tiene grabado el año de 1554, lo cual –unido a que a comienzos del siglo XIX estaba ya casi arruinada– podría corroborar las aseveraciones de los insignes Antonio Aguilar y Cano y José Pérez de Siles, quienes sustentan sus afirmaciones tanto en que la calle Santa Catalina (llamada así por la ermita) aparece ya con ese nombre en los más antiguos documentos de la villa, como en el hecho contrastado de que esa ermita sirvió de ayuda durante las más antiguas epidemias de peste que asolaron la Puente de Don Gonzalo. 

Fue aquella una construcción sencilla, de pequeñas proporciones, conformada por una sola nave rectangular y una capilla mayor cuadrada separadas entre ellas por un arco de medio punto; un modelo –posiblemente–similar a la ermita del Dulce Nombre, de tipo mudéjar, muy del gusto del siglo XVI. La nave pudo ser embovedada hacia la segunda mitad del siglo XIX, gracias al legado de un fraile exclaustrado del Convento de San Francisco de Asís, llamado Lorenzo Arjona, que lo así lo dejó recogido en su testamento otorgado en 1851. 
Imagen tomada desde la calle Madre de Dios; al fondo ermita de Santa Catalina
El templo tenía unas dimensiones aproximadas de seis metros de ancho por quince de fondo y estaba rematado por un presbiterio coronado por una cúpula esférica, bajo el que se ubicaba el altar. Poseía un retablo en madera, tosco y de regular factura, en el que se abrían tres nichos que albergaban, en el centro, a Nuestra Señora de la Aurora, titular de la Cofradía del mismo nombre; el de la derecha, a Santa Catalina, escultura regular en madera, del siglo XVI; y a la izquierda, el Señor del Huerto, el mismo que hoy seguimos venerando en el santuario de la Purísima Concepción de Puente Genil. La Virgen de la Aurora sostenía entre sus manos un Niño Jesús, del que fue desposeído por una feligresa para evitar su venta a un anticuario, pero que con el tiempo acabó también perdiéndose. 
Virgen de los Reyes

Sobre el altar estaba colocada la imagen realizada en mármol sacaroideo policromado de la Virgen de los Reyes, probablemente procedente del Hospital del mismo nombre, que se levantaba a la entrada de la villa, junto al puente, y cuya fundación se hace coincidir con el origen de la Puente de Don Gonzalo. En algún momento, esa imagen de la Virgen de los Reyes debió trasladarse a la fachada, a una hornacina bajo la espadaña, donde la descubrimos en imágenes de la época. Rafael Ramírez de Arellano en su Inventario Monumental y Artístico de la Provincia de Córdoba, nos la describe en 1904, afirmando que es de finales del siglo XV, aunque no de lo mejor del período, y ya entonces le faltaba la mano izquierda. Tenía una corona de flores de lis y el Niño llevaba el mundo en una mano. Desgraciadamente no tenemos la imagen de la escultura tal y como se presentaba a comienzos del siglo XX, pues aunque Ramírez de Arellano previó insertar su fotografía en la lámina 646 de su Inventario, al entregar su trabajo consignó que los retratos que había previsto que formasen parte del mismo, irían por cuenta de la editorial que lo publicase, por lo que quedó sin terminar. 
Pero si esa es la mala noticia, la buena es que la imagen, tras ser derruida la ermita, pasó a la casa de las RR. MM. Filipenses en la calle Aguilar, de ahí a su casa hogar en la calle Cortes Españolas y hoy, por cesión del obispo Infantes Florido, se conserva en un patio de la casa sacerdotal, junto al seminario de Córdoba. No sería descabellado solicitar al Obispado de Córdoba, el regreso de una de las imágenes marianas más antiguas –si no la que más– con las que cuenta Puente Genil.

Continuando con la descripción de la ermita, en el lado de la Epístola se ubicaba el altar de San Judas y San Andrés, presidido por un lienzo de gran tamaño en el que Jesucristo aparecía entre los dos apóstoles. La factura de San Judas y San Andrés eran de cierto mérito, aunque la de Cristo desdecía bastante en cuanto a su calidad. En el lado del Evangelio se construyó un estrecho altar-camarín consagrado a la Virgen de la Piedad, imagen procedente de la ermita del mismo nombre y que devino en ruina tras la riada de 1816. En el lado del Evangelio, aparecía el altar de la Virgen del Carmen, presidido por un lienzo proveniente de la ermita de la Piedad, que fue vendido alrededor de 1890 por un importe de seis mil reales –según testimonios familiares– y que aún se conserva en Puente Genil en un domicilio particular.

A finales del siglo XIX, posiblemente en la década de 1880, se instaló una fuente y un pilón de piedra en el llano al que se abría la ermita; y que se mantuvo hasta su demolición, si bien en algún momento se retiró el pilón de piedra, quedando únicamente el caño de la fuente manando de un poste o pilar.

Tanto por la sencillez y humildad de sus materiales, como por la propia antigüedad de la ermita y el hecho de carecer de un culto constante, aún a pesar del mimo y el cariño del santero Misas y su familia, el templo requería de continuas reformas para su mantenimiento. 
Para esas labores de mejora y mantenimiento, se aprovechaban los acontecimientos de los que la ermita era testigo, como lo fue la boda de Juan del Pino García Hidalgo con Josefa Baena Castellanos (entre 1910-1920) o, años atrás, en 1905, la de José Cejas Ronzi, presidente de La Langosta, con Carmela Bergillos Baena. Gracias a las limosnas y ayudas de los vecinos pudo ser reedificada por el santero Juan Carmona Matas alrededor de 1926 o 1928.

Virgen de la Piedad
La Virgen de la Piedad contaba con devociones muy arraigadas en Puente Genil, ofreciéndose todos los años a comienzos del siglo XX una noventa a la Virgen, costeada por las hermanas Reina Carvajal. La Cofradía de la Virgen de la Aurora también tuvo bastante predicamento, entonándose todos los domingos de mayo y octubre los típicos cantos del Rosario de la Aurora. 
Al acabar la Guerra Civil y hasta la partida del párroco Don Arturo Puentes Peña a otra localidad, los bienes muebles que el templo custodiaba fueron vendidos al sector anticuario, a excepción de un San José de finales del siglo XIX con fama de milagroso, hoy en la ermita de la Concepción.

San José, santuario de 
Ntra. Sra. de la Concepción
A este San José la tradición popular le atribuye el milagro de la salvación de la santera Misas, cuya vivienda lindaba con la ermita. Parece ser que esta señora todos y cada uno de sus días, acudía al interior del templo a charlar con San José y transmitirle sus cuitas, a contarle, en definitiva, cuanto le había sucedido aquel día. Sin embargo, aquella tarde del 3 de febrero de 1941 se acercó a San José, se disculpó por no sentarse un rato a su lado, pues tenía que planchar unas camisas, y abandonó el templo para entrar a la vivienda lindera con la ermita. Apenas salió por la puerta, la techumbre se desplomó por completo, evitando la Divina Providencia lo que podía haber sido una tragedia. Así se mantuvo la ermita, desprovista de tejado, pero con las paredes y la cúpula sobre el presbiterio en pie hasta su definitiva demolición casi treinta años después del derrumbe. 


Otra de las imágenes que se salvaron de ser vendidas y que hoy podemos disfrutar en la ermita de la Veracruz, gracias a la diligencia y generosidad de don Bernabé Luque, es la Virgen de la Piedad, obviamente procedente de su ermita en los llanos del Señor del Río, en el entorno de La Casualidad.

Estado de la ermita comienzos años 70, finales 60
A pesar de existir el ofrecimiento por parte de algunas familias de Puente Genil para costear la reforma de la ermita, lo cierto es que, ya sea por parte del Obispado, o del clero local, no hubo interés en mantener en pie el edificio. La ermita fue derribada mediada a finales de la década de 1970, y a pesar del anhelo y el movimiento vecinal que clamó por que se levantara de nuevo la ermita, los muros se transformaron en aire… y aire siguen siendo. A comienzos de la década de 1980, el Obispado traspasó la propiedad del solar resultante a la Cofradía de la Purísima Concepción, que lo permutó con el Ayuntamiento a cambio de obras de reforma en la sacristía del santuario de la Patrona.

A pesar de los pocos años transcurridos desde la demolición de la ermita de Santa Catalina, lo cierto es que su memoria se ha ido diluyendo en el tiempo y hoy apenas son un puñado de pontanenses quienes –al menos en sus recuerdos– mantienen en pie la fábrica sencilla y humilde de aquella ermita. Sean estas líneas remembranza de lo que fue y, por qué no, grito desesperado de lo que nunca debió haber sido.

miércoles, 28 de agosto de 2019

Joaquín García Hidalgo, escritor y político


Nació en Puente Genil a las cuatro de la mañana del día 26 de octubre de 1890, de Joaquín García Hidalgo y Dolores Villanueva Delgado, conocida familia de propietarios de la localidad. Es bautizado el día siguiente por el presbítero Rodrigo Carmona, teniente del rector y cura propio de la parroquia de Nuestra Señora de la Purificación, quien le pondría los nombres de Joaquín Evaristo de San José.

Desde muy joven orienta su profesión -más aún, su pasión- hacia las letras, el periodismo y el teatro. Aunque participa desde joven del ideario socialista, fue tal su amor por las letras, por la literatura, que todo lo demás pasaba a un segundo plano. Así lo confiesa el propio García Hidalgo, uno de los líderes socialistas de aquel Puente Genil, en un comunicado difundido por el semanario en El Aviso, en el que se desvincula públicamente de la Agrupación Socialista local a raíz de los trágicos sucesos de aquellos días, en los que la exaltada reacción de algunos cabecillas socialistas provocaron situaciones de extrema violencia:
“Aunque mi vocación por la literatura, al cultivo de la cual dedico mi tiempo y mis estudios, me han tenido apartado de toda lucha política activa, siempre he mirado con ferviente simpatía las justas reivindicaciones obreras, materiales y morales, que integran el programa del partido socialista y con cuyo contenido me hallo casi totalmente identificado”.
"Con esta carta, por la que me separo de la Agrupación Socialista, doy comienzo a una ruda campaña periodística contra esas gentecillas mezquinas que abrogándose la representación de los trabajadores quieren perturbar y matar el florecimiento y prosperidad de este laborioso pueblo". 

Aquellos interesados en conocer qué ocurrió aquel noviembre de 1918 y lo que motivó el comunicado de García Hidalgo, agradecerán leer lo que al respecto dejó escrito Carlos Delgado Álvarez de Sotomayor en su genial blog Archivos para la historia de Puente Genil, y que documentó exactamente... ¡AQUÍ! 



El 25 de marzo de 1922 contrajo matrimonio con la cordobesa Antonia García García en su Parroquia de San Nicolás de la Villa.  

En aquella década de los años veinte colabora, y dirige ocasionalmente, La Voz de Córdoba, y es fundador y director del diario cordobés Política (1930-1932). Este último, de marcado carácter socialista y con sede en la Plaza de Cánovas nº 4, comenzó siendo un semanario para convertirse en diario a partir de la Segunda República, con dos ediciones diarias. Tras la desaparición de Política, es el diario El Sur (1932-1934) el que continúa la línea editorial de su predecesor, convirtiéndose en el órgano oficioso del Partido Socialista. 

Su pensamiento y compromiso con la izquierda radical y el republicanismo le hacen ingresar en el Partido Radical y, posteriormente, en el Partido Socialista, a cuyo amparo es elegido diputado por Córdoba capital en las elecciones de 1931, y del que es expulsado en 1933 por divergencias con la dirección del partido. Por ese motivo se presenta a las elecciones de noviembre de aquel mismo año como independiente por el Partido Comunista sin conseguir revalidar su escaño.

Durante su estancia en Madrid reside en la Avenida del Conde de Peñalver nº 1 y, como diputado, integra la Comisión de Comunicaciones de las Cortes, pero con una actividad parlamentaria que se nos antoja breve, pues únicamente interviene en dos debates parlamentarios. Antes, en 1926, durante la Dictadura de Primo de Rivera, había sido deportado durante cuatro meses a Salamanca y Gerona, encontrándose de continuo envuelto en algaradas y escándalos. 

Nos consta, de hecho, que en 1930 fue detenido en Córdoba a las cuatro de la madrugada por intentar destruir el rótulo de la calle dedicada a José Cruz Conde. La algarada, imaginamos, estuvo no solo provocada por desavenencias de tipo político o ideológico, sino también de índole personal, pues sabemos que aquel 1930 un hijo de Cruz Conde no encontró mejor manera de defender la gestión municipal de la familia que agredir al propio García Hidalgo, entonces redactor del periódico Política. Aquello dotó al semanario de gran popularidad en la ciudad, contribuyendo así en su transformación en diario, momento en el que Joaquín fue nombrado su director.

Por si ello no fuera suficiente, un sobrino de Cruz Conde de nombre Rafael, agredió a García Hidalgo durante uno de los bailes que el Círculo de la Amistad celebraba en su caseta del Paseo de la Victoria la madrugada del 18 de julio de 1930. El origen de la disputa estuvo en la campaña encabezada por García Hidalgo en solicitud de la depuración de responsabilidades en las que pudo incurrir quien fuera alcalde durante la Dictadura, Rafael Cruz Conde. Al caer al suelo y ver que varios individuos se le echaban encima, García Hidalgo sacó una pistola y disparó al sobrino en la pierna derecha. 

Durante la Huelga General Revolucionaria de 1934 fue también detenido.

Pero las colaboraciones periodísticas de García Hidalgo no fueron sólo de naturaleza política, sino que recogió artículos de índole cultural o costumbrista. Así, gracias a su artículo Pintoresco relato de una vida extraordinaria publicado en el Heraldo de Madrid el 15 octubre 1928 tenemos conocimiento de muchos de los datos biográficos y de la forma de pensar y de entender la vida del mítico Diego Bermúdez Cala, el Tenazas, extraordinario cantaor flamenco ganador del legendario Concurso de Granada de 1922. Por su interés, no sólo referenciado a García Hidalgo, sino a quien en Puente Genil era conocido sencillamente como Dieguito Morón, reproducimos íntegro el artículo.

Se inició en la Masonería aquel 1922 bajo el nombre de Betis y perteneció a tres logias, Turdetania nº 390 y 15 de Córdoba capital, alcanzando el grado de maestro masón, 18 de Brumario nº 21 de Puente Genil, a la que también pertenecieron Gabriel Morón Díaz (Engels) y Antonio Romero Jiménez (Toribio y Darío) y donde causó baja por plancha de quite en agosto de 1927, y Dantón nº 7 de Madrid.


Como tantos ilustrados de aquel Puente Genil, quizás enamorado de la historia y la arqueología gracias a la estela que dejara el doctor Rafael Moyano Cruz, en 1919 García Hidalgo hizo un descubrimiento importante en su finca Rosendo de Casariche. Se trata de un mosaico romano, datado en el siglo II, de unos cuatro por cinco metros cuadrados formado a partir de teselas de mármol y piedras finas dividido en dos compartimentos. En el centro de los círculos aparecía la cabeza de Nereo, el dios del fondo de las aguas, presidiendo un conjunto dedicado a los númenes acuáticos. En otros segmentos aparecen las figuras de hipocampos, un tritón, una nereida… completando el conjunto cuatro bustos de mujer, quizás retratos. La idea que García Hidalgo albergaba era la de continuar las excavaciones, estudiarlas y conservarlas. Desconocemos qué han sido de estas maravillas.

En cuanto a su actividad literaria, hemos encontrado algunas referencias acerca de que en 1917 publicó El crimen de un sabio. Sin embargo, tuvo que ser antes de esa fecha, pues El Aviso de 11 de noviembre de 1916 nos da noticias acerca del estreno en el Teatro Romea de Murcia el 3 de noviembre anterior y a cargo de la compañía de Teodora Moreno, de dicha comedia dramática en tres actos (realmente dos actos y un prólogo). En julio de 1918 la Compañía de Gloria Torres estrena en el Teatro Circo su obra La oveja descarriada, de quien Baldomero Giménez, don Baldo hizo una crítica muy favorable en El Aviso del 23 de julio de 1918.

En 1920 el periódico cordobés La Voz publicó una fotografía de A. Borrego, desgraciadamente sin más detalles, dando cuenta del estreno en el Teatro Circo de Puente Genil de la obra dramática en un acto, original de nuestro biografiado, titulada El bastardo.  De ese mismo año de 1920, y junto al excelente alcalde Antonio Romero Jiménez, podemos encontrar otra imagen de nuestro biografiado pulsando aquí. 

En 1926 y salida de la imprenta de Baldomero Giménez publica La Mancillosa, comedia en dos actos, y en 1927 un nuevo drama en dos actos y un epílogo, El mandato de una conciencia. En 1933 se constituyó en Madrid, como cooperativa y escuela teatral, la Compañía de Teatro Revolucionario, que pondría en escena una nueva obra de García Hidalgo, Me engaña mi mujer y no me importa.

Apresado el 18 de julio de 1936 durante la defensa del Gobierno Civil de Córdoba frente al alzamiento militar, murió a las nueve de la mañana diez días después en el Cuartel de Artillería de la ciudad califal. La causa de la muerte no está clara, pues si oficialmente se atribuyó a un ataque cardíaco, Julián Zugazagoitia Mendieta (político, periodista y escritor 1899-1940) se lo atribuye a una paliza que recibió en su celda. Fuentes familiares, sin embargo, hablan de un coma diabético inducido o provocado. Numerosos testimonios se refieren a que conociendo los carceleros su enfermedad de diabetes fue obligado a tomar productos azucarados. Más dulce y románticamente, también se cuenta que, conociendo su inevitable destino, pidió que le llevaran a la celda su cuchara de plata de cuando era niño y dulce de membrillo de Puente Genil y así, en lentas y pausadas cucharadas, el diabético García Hidalgo fue ingiriendo el delicioso manjar que indefectiblemente con cada bocado, llamaba a la muerte.

Hace solo unas semanas, en la revista El Pontón (órgano de difusión de la asociación Amigos de Puente Genil), y a través de la pluma de Víctor Reina Jiménez, rendíamos homenaje al escritor Juan Campos Reina. El eminente novelista, ensayista y poeta, evocaba en su obra El bastón del diablo, y con la elegancia y la dulzura propias de un maestro de la narración, el trágico final del pontanés en su novela El bastón del diablo:





"Cuando la puerta metálica fue cerrada de nuevo, Joaquín observó a su joven compañero de celda, al que habían torturado como a él, dormido de pura extenuación bajo la luz del candil. Entonces retiró el papel que envolvía la cuchara de plata y regresó a la infancia. Luego, abrió la lata de jalea y comenzó a saborear despacio aquel alimento que desde hacía años le estaba prohibido, como si fuera la manzana del paraíso. La mezcla gelosa de azúcar y membrillo sería su postrer recuerdo, su cicuta.


Joaquín tapó la lata al terminar de comer y la colocó a la cabecera del jergón. Después se tendió y guardó la cuchara de su madre en el bolsillo superior de la americana, donde antes había reposado su reloj. Al cerrar los ojos, supo que ya no despertaría."
Juan Campos Reina, fragmento de El bastón del diablo
© Juan Campos Reina, 1996, y Herederos de Juan Campos Reina



Nueve años después de su fallecimiento fue procesado por el Juzgado Especial nº 1 para la represión de la Masonería y el Comunismo. La causa fue sobreseída por haberse extinguido con su muerte cualquier responsabilidad.




sábado, 1 de junio de 2019

El picador pontanés Manuel García

Con frecuencia las páginas de los libros de historia cantan y cuentan las vidas y hazañas de los grandes hombres, entendiendo por tales aquellos que alcanzaron la cima de la fama, de la gloria o la excelencia. 


Existen, sin embargo, un puñado (un inmenso y mayoritario puñado) de hombres y mujeres que participaron de distintas actividades sin alcanzar esa efímera –o eterna– gloria en el desempeño de su labor.  A pesar de ello, a pesar de haber pasado desapercibidos en los libros destinados a las vidas de los héroes, forman parte de nuestro pasado y, por lo tanto, de nuestra propia historia.

Hace unos meses mi amigo Miguel Ángel Jiménez Valverde, autor de Aproximación biográfica de El Niño del Genil. Pequeña historia de una troupe familiar de artistas (octubre 2016), extraordinario aficionado al Flamenco e investigador de cuanto pueda rozar a ese arte siquiera tangencialmente, me puso sobre la pista de la vida de un picador de toros de Puente Genil llamado Manuel García García.  Posiblemente el primer profesional del toreo pontanés (ver "Cien años de la Plaza de Toros de Puente Genil") que hayamos conocido

Resultó este hombre haber nacido en la Puente de Don Gonzalo el 23 de marzo de 1832, antes de la unión con Miragenil, en el seno de una familia muy humilde. Desde pequeño se dedicó a las labores propias del campo, actividad esta que fue alternando con la compraventa de ganado.  Todo ello imbuido de una afición enorme al mundo de los toros, que –unido posiblemente a la necesidad de ganar un dinero extra– le llevó a participar en corridas formando parte del tercio de varas.  Se avecindó en Alcalá de Guadaira, en Sevilla, donde su gusto y pasión por los toros emergió definitivamente.

Con poco más de veinte años lo descubrimos participando en eventos taurinos en Jerez, Cádiz y Marchena.  No era un picador de escuela, posiblemente fuera bastante tosco y carente de técnica alguna, pues no tuvo más maestro que la experiencia y su arrojo.  Este último rasgo, su arrojo y valentía, era algo que gustaba especialmente a los aficionados.  Muy estrepitosa debía ser la incidencia para que Manuel entrase en la enfermería; muy al contrario.  Sabemos que el 15 de agosto de 1857 se encontraba toreando en la plaza de toros de Jerez con la cuadrilla de Manuel Arjona, hermano del famoso Curro Cúchares, cuando al ir a dar un puyazo al segundo (ganadería de Joaquín Jaime Barrero), se cayó del caballo, propinándole éste un pisotón en la cabeza. Al perder el conocimiento, rápidamente fue trasladado a la enfermería. Recobró el conocimiento antes de ingresar, se levantó, se ató un pañuelo para contener la hemorragia en la cabeza y volvió para continuar su faena.  Al terminar, entró en la enfermería, pero volvió a picar al toro siguiente, siendo ovacionado por el público.  Los hermanos Arjona le prometieron llevarlo a Madrid, pero parece que eso nunca llegó a suceder.

Se casó con una burgalesa y fijó en Burgos su residencia, continuando con la compraventa de ganado.  A pesar de que la familia de su esposa intentó reiteradamente que abandonase el toreo, por ser imprescindible dedicación absoluta al tráfico de ganado, su afición a los toros siempre se lo impedía de continuo.

Plaza Vieja de Vitoria (1851-1879)
En 1864 toreó las corridas de la feria de Vitoria con Domingo Mendívil (1818-1831) y Antonio Carmona “el Gordito” (1838-1920).  En la segunda tarde de feria, la del 15 de agosto, actuaba como sobresaliente de espada Rafael Molina, el famosísimo “Lagartijo”.  Al prepararse Manuel para ponerle una tercera vara al sexto toro –retinto albardado– llamado “Manchego”, de la ganadería de Raimundo Díaz, embistió por el vientre al caballo, provocando la estrepitosa caída del picador y sufriendo un golpe tal en la cabeza que le provocó la muerte en la propia enfermería casi al instante.


Caída de Manuel García
El propio “Gordito”, sabedor de la situación económica de la familia, costeó todos gastos del entierro y, junto a Mendívil, abrió una suscripción popular a favor de su viuda y un hijo invidente de muy corta edad. El propio alcalde de Vitoria, marqués de la Legarda, fue el primero en acudir a la suscripción en favor de la familia García con la suma de trescientos veinte reales.